Las Tunas.- Cada 21 de septiembre el mundo vuelve la mirada hacia una palabra breve, apenas cuatro letras, pero inmensa en su significado: paz.
La pronuncian las madres que esperan el regreso de sus hijos; los niños que merecen crecer sin escuchar el estruendo de las bomba, los ancianos que han visto demasiado dolor y saben cuánto cuesta reconstruir la esperanza cuando la guerra deja sus cicatrices. La paz es, quizás, el más humano de los anhelos, un derecho tan esencial como el pan, el agua o el abrazo.
Sin embargo, mientras la humanidad celebra el Día Internacional de la Paz, vastas regiones del planeta continúan marcadas por conflictos armados, disputas geopolíticas y tensiones que desgarran familias, destruyen ciudades y siembran incertidumbre en millones de personas. Allí donde debería florecer la vida, a menudo se levantan muros de odio, intolerancia y violencia.
Por eso la paz no puede entenderse únicamente como la ausencia de guerra. Es también la posibilidad de que una niña pueda asistir a la escuela, que un enfermo encuentre atención médica, que un pueblo pueda construir su futuro sin amenazas ni imposiciones. La paz es dignidad, es respeto, es la certeza de que las diferencias pueden resolverse mediante el diálogo y no por la fuerza.
Desde esa visión, Cuba ha defendido históricamente una cultura de paz basada en la solidaridad y la cooperación entre los pueblos. No es una postura nacida de discursos, sino de hechos que durante décadas han acompañado el actuar de la nación.
Cuando epidemias, terremotos, huracanes o emergencias sanitarias han golpeado a otros países, no han llegado soldados cubanos, sino médicos, enfermeros y especialistas dispuestos a salvar vidas; porque donde otros ven fronteras, Cuba ha procurado tender puentes y donde surge el sufrimiento humano, ha sembrado esperanza.
También la isla desempeñó un papel relevante como escenario de los diálogos de paz que condujeron al acuerdo entre el Gobierno colombiano y las FARC, una contribución reconocida internacionalmente por favorecer el entendimiento y la reconciliación después de décadas de conflicto.
De igual manera la historia reciente demuestra que Cuba no representa amenaza para Estados Unidos ni para ninguna otra nación. A pesar de profundas diferencias políticas acumuladas durante más de medio siglo, el país no mantiene una política de agresión ni de expansión militar. Su defensa se centra en preservar la soberanía nacional y promover relaciones internacionales basadas en el respeto mutuo y la coexistencia pacífica.
Quizás por eso, cuando se habla de paz en Cuba, no se piensa solamente en un concepto diplomático. Se piensa en las escuelas abiertas cada mañana, en los consultorios del barrio, en los parques donde juegan los niños, en los vecinos que comparten lo que tienen mientras conversan sobre la vida. Se piensa en la tranquilidad de una nación que apuesta por construir y no destruir.
En un mundo donde demasiadas veces las noticias hablan de guerras, sanciones, desplazamientos y sufrimiento, defender la paz es también defender la humanidad. Es recordar que ningún misil puede sustituir una conversación, que ninguna confrontación vale más que una vida y que ningún interés político debería estar por encima del bienestar de los pueblos.
Este 21 de septiembre, la fecha invita a detenerse un instante y reflexionar porque la paz no es una utopía es una construcción diaria, paciente y colectiva, es la mano que ayuda, la palabra que une y el respeto que acerca. Tal vez por eso siga siendo el sueño más grande de la humanidad, porque en la paz cabemos todos.
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