Las Tunas.- La bancarización, en cualquier economía moderna, es un síntoma de desarrollo. Que el dinero fluya de forma digital reduce costos, agiliza el comercio y formaliza la economía. Sobre el papel, la estrategia implementada en Cuba tiene sentido y persigue un fin lógico. Sin embargo, la teoría económica suele darse un fustazo de realidad cuando se implementa sin las condiciones objetivas para sostenerla. Hoy, lo que debió ser un paso hacia la modernidad se ha convertido en un nudo gordiano que asfixia por igual a proveedores, comerciantes y, el eslabón más vulnerable, al ciudadano de a pie.
La premisa de la bancarización es que el dinero digital sustituya al físico. Pero para que eso funcione, el valor del dinero debe ser real y de libre disposición. La realidad actual es una paradoja absurda: miles de trabajadores reciben su salario en una tarjeta magnética, atrapados en un ecosistema donde el efectivo sigue siendo el rey indiscutible de la subsistencia diaria.
Las imágenes a las afueras de los bancos y cajeros automáticos bajo el sol en la provincia, no para pedir un crédito o realizar un trámite complejo, sino para intentar rescatar su propio dinero. La respuesta del sistema a menudo roza el agravio: límites de extracción de apenas 500 pesos por día debido a la severa crisis de liquidez física de las sucursales. En la Cuba de hoy, donde la inflación dicta los precios de la canasta básica, 500 pesos apenas alcanzan para un par de productos básicos. Es un salario que no tiene salida por el mecanismo de la escasez.

El problema, lejos de detenerse en el cajero, se ramifica en una reacción en cadena que paraliza las fuerzas productivas. El sector privado, dinamizado por las MIPYMES y los comerciantes locales, se encuentra atrapado en el mismo laberinto. Una pequeña empresa puede ingresar legalmente un millón de pesos por transferencias en una semana. Sin embargo, cuando ese comerciante necesita pagarle a sus proveedores tradicionales —quienes exigen efectivo para poder operar en un mercado mayorista informal o desabastecido—, el banco se encoge de hombros. El dinero es de la empresa, pero no puede disponer de él.
Este freno financiero genera un círculo vicioso peligroso:
En primer lugar el desincentivo al depósito: ante el temor de no poder recuperar sus fondos, los comerciantes evitan bancarizar sus ganancias.
El aumento de precios: el riesgo y la dificultad para conseguir efectivo se trasladan directamente al precio final del producto.
La parálisis comercial: si el comerciante no puede pagar al proveedor, la cadena se rompe y los estantes se vacían.
Nadie niega que el futuro de la economía deba ser digital, pero la digitalización no se decreta; se construye sobre bases de confianza y disponibilidad. Forzar una bancarización en un escenario de profunda escasez de efectivo, sin una infraestructura tecnológica robusta y sin garantías de retirada para los creadores de riqueza, es poner la carreta delante de los bueyes.
La bancarización es un buen proceso, sí, pero su implementación actual está logrando lo contrario de lo que busca: sembrar desconfianza en el sistema bancario, asfixiar a los que producen y añadir otra dosis de estrés cotidiano a un pueblo cuyo tiempo ya se consume en demasiadas colas.
Para que el dinero digital funcione, primero tiene que valer, y el ciudadano debe tener la certeza de que su trabajo se traduce en bienestar tangible, no en un saldo intocable en una pantalla de celular.
/abl/