El Combate del Carril de Chaparra, conocido también como Combate de Cuatro Caminos de Chaparra, constituyó una nueva demostración de la capacidad combativa del Ejército Libertador en el Oriente cub
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El Combate del Carril de Chaparra, conocido también como Combate de Cuatro Caminos de Chaparra, constituyó una nueva demostración de la capacidad combativa del Ejército Libertador en el Oriente cub
Hay fechas que no caben únicamente en los libros porque permanecen vivas en la memoria de los pueblos. El 26 de septiembre es una de ellas para los tuneros, un día que devuelve el recuerdo a aquel lejano 1876, cuando las llamas iluminaron el cielo de Las Tunas y escribieron una de las páginas más conmovedoras de las luchas por la independencia de Cuba.
Si bien en territorio tunero tuvieron lugar dos de los acontecimientos más funestos de la Guerra de los Diez Años, las sediciones de Lagunas de Varona y Santa Rita, también fue escenario de una de las acciones militares que más contribuyó a consolidar la causa independentista en el Oriente cubano: el combate de Santa María de Ocujal.
Eran las 11 y 30 de la noche del 11 de septiembre de 2009, cuando falleció el Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosque, miembro del Buró Político y Vicepresidente del Consejo de Estado.
Existen territorios cuya identidad está íntimamente ligada a los acontecimientos que protagonizaron. El actual municipio de Colombia, al sur de la provincia de Las Tunas, es uno de ellos. Su historia atesora páginas que, nacidas en el ámbito local, forman parte también de la memoria de la nación.
La madrugada del 24 de agosto de 1879 sorprendió a los patriotas tuneros en el lugar conocido como Los Itabos, cerca de San Lorenzo de la Rioja. Allí acompañaron al entonces brigadier Belisario Grave de Peralta, quien había combatido bajo las órdenes de Calixto García en la anterior contienda. Ese hecho se convirtió en el primer alzamiento de la Guerra Chiquita.
Bajo las balas de un pelotón de fusilamiento en una fortaleza colonial de la ciudad de Santiago de Cuba, apeló a su último hálito de vida para expresar uno de los versos más inspirados de su creación, ¡Morir por la Patria es vivir!
Dicen que fue al filo de las dos de la madrugada que se produjo el alumbramiento; que doña Lina Ruz trajo a este mundo a un varoncito vigoroso, al que los haitianos del batey de Birán bañaron con hojas de yagruma y verbena para los buenos augurios mientras su llanto se escuchaba por entre los pinares.
Con la nitidez del tiempo vivido, de una historia inmensa, renace Fidel. A un siglo de su nacimiento late junto a los agradecidos que no le permitieron morir.
Fidel, el gigante de la sierra y el llano, dejó huellas imborrables en Puerto Padre.