Las Tunas.- El 12 de julio de 1815, en Santiago de Cuba, brotó la vida de Mariana Grajales Cuello, hija de José Grajales y Teresa Cuello, dominicanos que trajeron consigo la savia de la dignidad.
Desde la aurora de su infancia aprendió que la existencia se forja en la disciplina, la honradez y la entrega, virtudes que más tarde sembraría como semillas ardientes en el corazón de sus hijos, hasta convertirlos en ramas de un árbol que daría sombra a la independencia.
Su hogar fue fragua de sueños emancipadores; entre la ternura y la firmeza, Mariana enseñó a sus prole que la vida no se medía en comodidades, sino en la capacidad de luchar por la justicia. Antonio y José Maceo, junto a sus hermanos, se convirtieron en mambises y ella misma, sin titubeos, marchó a la manigua.
Es muy conocida la anécdota cuando al recibir a su hijo Antonio muy mal herido, ante el llanto de las otras mujeres exclamó: “¡Fuera, fuera faldas de aquí, no aguanto lágrimas! (…)”, y dirigiéndose a su hijo Marcos que era casi un niño, expresó: “(…) ¡y tú, empínate porque ya es hora de que te vayas al campamento!”.
En una sociedad patriarcal y discriminatoria, Mariana rompió moldes, fue madre, estratega, enfermera, consejera y combatiente. Su voz resonó como juramento cuando hizo prometer a sus hijos que lucharían hasta morir por la libertad de Cuba.
¿Qué había en esa mujer, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida que cuando se escribe de ella es como desde la raíz del alma, con suavidad de hijo, y como de entrañable afecto?”, así se preguntaba sobre Mariana el Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, en el periódico Patria en los preparativos de la Guerra Necesaria.
La madre de los Maceo murió en Kingston, Jamaica, el 28 de noviembre de 1893, lejos de la tierra que tanto amó, pero su espíritu regresó con la memoria de los cubanos.
En el Cementerio Santa Ifigenia, donde reposan los grandes próceres de la nación, se alza la escultura a la memoria de la Madre de la Patria. Fundida en bronce proveniente de casquillos de cañones de artillería de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la pieza escultórica se ubica encima de un redondel con tierra traída especialmente desde la finca Majaguabo, en el municipio santiaguero de San Luis, donde crecieron los Maceo-Grajales y la circunda un sendero de piedras de la localidad de Palmarito de Cauto, lugar de andanza de Antonio y sus hermanos.
Cada natalicio suyo es un llamado a recordar que la independencia no fue solo obra de hombres con machetes, sino también de mujeres que, como Mariana, sostuvieron la patria con sus manos y su corazón.