Cultura

Música «para moler», patrimonio vivo

Música "para moler", patrimonio vivo
(Tiempo21 Foto/ Reynaldo Lòpez Peña)

Las Tunas.- Todo se ha dispuesto en torno a un framboyán. Por aquellos parajes, el simple sonido de una lata puede atraer, como hormigas al almíbar, hasta los pobladores más distantes.
El día amaneció como siempre, carretas de bueyes, saludos cercanos, sol, polvo y ese letargo propio de los pueblos del campo. Pero hoy, hoy no será así. Se avecina un mágico cajón para trastocar las dinámicas.
Con alrededor de una tonelada y un montón de anécdotas a cuestas, el órgano se abre paso entre los vericuetos de nuestra historia musical.
En el pasado, una versión suya de menor tamaño llegó a Cuba, proveniente de Francia, por el puerto de Cienfuegos. Santiago Fornaris, un carpintero bayamés, introdujo el instrumento en Manzanillo y, poco a poco, su sandunga criolla inundó nuestros guateques.
Su fama fue tal que muchos llegaban hasta allí para adquirir el célebre «aparato», absortos en el hechizo de lo que parecía una pequeña orquesta, metida en una caja sonora. Algo así (imagino) como aquellas reliquias que trasladaban los gitanos en sus andares por el mundo.
El tiempo pasó y el órgano se fue convirtiendo en parte imprescindible de nuestras festividades. Los Borbolla lo cubanizaron, componiendo música «para moler» con arreglos para sones, danzones, guarachas y mucho más.
Se cuenta que hasta algunos colaboradores de los mambises trasladaban en su interior medicamentos y armas para ayudar a la causa libertadora. Lo cierto es que esta música viva, que reproduce con increíble exactitud sonidos como el del violín, la flauta o el chello, por ejemplo, fue ganando cada vez más adeptos. Y así, entre la polvareda causada por los pies de los bailadores, el ritmo del órgano oriental fue calando hondo en nuestra esencia identitaria.
Dentro de los vistosos «artilugios» de ese tipo, famosos por estos lares, figuran el de los hermanos Ajo, de Buenaventura (Holguín) y el de los Ochoa, de nuestra provincia.
Aunque Victoria de Las Tunas tuvo su primer órgano con vestidura de cartón el pasado siglo, introducido por Francisco Rodríguez para ofrecer retretas dominicales, el que realmente ha alcanzado notoriedad y se ha mantenido en el gusto popular es Estrella de Oriente, fundado por Joaquín Ochoa en 1925.
Durante tres generaciones ya, familiares y algunos amigos lo han defendido a capa y espada, enalteciendo su presencia centenaria en las Tunas.
Amar al instrumento es el secreto de sus desvelos, por eso a sus artífices no los detiene nada. Desde la céntrica calle 24 de febrero, hasta algún rincón intrincado en nuestra geografía, se pega gustosa esa variopinta sonoridad. Danzón, cumbia, son, merengue, incluso reguetón, aseguran «moler» sus ejecutores.
Así, pasando del pentagrama al cartón y del instrumento al auditorio, su música invade, contagia. No en balde, el órgano oriental es Patrimonio Cultural de la Nación Cubana, un curioso aparato que sintetiza nuestra cubanía.

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