Opinión

El límite invisible: Cuando el «cargo» se convierte en acoso

El límite invisible: Cuando el "cargo" se convierte en acoso

En tiempos donde la cotidianidad ya nos impone una dosis alta de complejidad, el entorno laboral debería ser, por derecho y lógica, un espacio de realización y seguridad. Sin embargo, para no pocos trabajadores, cruzar el umbral de su centro laboral implica entrar en una zona de desgaste silencioso, propiciado por dinámicas de poder que rozan o directamente constituyen, acoso laboral.

El gran problema con el acoso laboral es su camuflaje. Todavía arrastramos una concepción rígida del conflicto en el trabajo: pensamos que si no hay un grito estentóreo, un insulto explícito o una propuesta indecorosa, no hay agresión. Pero la realidad de estos tiempos nos demuestra lo contrario, el acoso moderno es sutil, sistemático y muchas veces, se disfraza de «exigencia institucional».

Es ahí donde tropiezan quienes, amparados en un cargo de dirección o una cuota de poder establecido, confunden la autoridad con el atropello.

En una sociedad que se transforma y que busca proteger con leyes más robustas la dignidad humana, resulta inadmisible que se naturalicen conductas como el aislamiento intencionado de un profesional, la sobrecarga desmedida de tareas con plazos imposibles para forzar el fallo o el cuestionamiento constante de la capacidad técnica de alguien delante de sus compañeros.

¿Cuántas veces no hemos escuchado en nuestros pasillos frases como «es que el director tiene un carácter fuerte» o «aquí las cosas son como yo diga y al que no le guste, que pida la baja»?

Bajo la sombrilla del «carácter» o de la «complejidad del momento», algunos directivos canalizan su propia frustración o incapacidad de liderazgo mediante el hostigamiento. No entienden, o no quieren entender, que la línea que separa la exigencia necesaria del acoso psicológico es muy clara: la exigencia busca un resultado colectivo, el acoso busca anular al individuo.

Hoy, cuando Cuba avanza en la implementación de normativas jurídicas que penalizan la violencia y la discriminación en el ámbito laboral, el primer cambio tiene que ser cultural. Urge desterrar la idea de que tener un cargo otorga un cheque en blanco para disponer de la estabilidad emocional de los subordinados.

El trabajo necesita de líderes, no de capataces de cuello blanco. Modificar la cultura organizacional no es solo un asunto legal, es ante todo, un acto de elemental humanidad y respeto en tiempos donde la empatía debería ser nuestra principal herramienta de dirección.

/lrc/

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