Las Tunas.- La crisis del transporte en las ciudades cubanas, y específicamente en cabeceras provinciales como Las Tunas, ha llegado a un punto de saturación donde las soluciones «parche» ya no surten efecto. Resolver este rompecabezas requiere dejar de ver el transporte como un gasto presupuestario y empezar a tratarlo como una inversión logística integral.
Para solucionar el transporte no basta con importar ómnibus; se necesita un cambio en el modelo de gestión que combine la tecnología, la diversificación de actores y la disciplina vial.
El Estado no puede cargar solo con la oferta. La solución pasa por integrar de manera formal a las Mipymes y cooperativas en rutas de corto y mediano alcance.
Con el arrendamiento de rutas se permite que actores privados operen rutas específicas bajo precios concertados, pero con la garantía de suministro de combustible o beneficios fiscales.
También hay que apelar a la cooperativización del transporte: Incentivar que los actuales «boteros» se agrupen en cooperativas para optimizar el uso de piezas de repuesto y combustible, bajo una organización logística profesional.
En lugar de apostar siempre por compras millonarias de equipos nuevos, la prioridad debería ser la sostenibilidad técnica.

Hay que potenciar los talleres locales de innovación para la remotorización y adaptación de vehículos paralizados por falta de piezas específicas y priorizar la importación de neumáticos, baterías y lubricantes, que hoy son la causa principal de que cientos de ómnibus estén en los garajes.
Dada la crisis energética con los combustibles fósiles, el futuro urbano en ciudades medianas es eléctrico, por lo que introducir triciclos eléctricos para rutas alimentadoras que lleven a las personas desde los barrios periféricos hasta las arterias principales.
Es necesario además crear una infraestructura para bicicletas: en ciudades de topografía plana, como Las Tunas, fomentar el uso de la bicicleta con ciclovías seguras y parqueos públicos custodiados, para aliviar la carga sobre el transporte automotor.
La bancarización y la tecnología deben llegar al transporte para evitar el «desvío» de pasajes y mejorar la experiencia del usuario.
Implementar sistemas GPS en las rutas principales para que el ciudadano sepa exactamente cuánto tiempo falta para que llegue el próximo ómnibus, evitando esperas ciegas en las paradas y es necesario generalizar el uso de códigos QR para el pago del pasaje, garantizando que la recaudación regrese al mantenimiento del propio sector.
En momentos de crisis aguda, el transporte de empresas y organismos debe estar legalmente obligado a recoger personal en las paradas de alta concentración durante las horas pico.
Esto requiere no solo voluntad, sino una regulación estricta y un cuerpo de inspectores que funcione con ética, asegurando que ningún asiento vacío pase de largo frente a una parada abarrotada.
Ninguna de estas medidas será efectiva si no existe una cuota de combustible protegida para el transporte público. El transporte debe ser considerado una actividad vital, al mismo nivel que los hospitales, para evitar que la parálisis de la movilidad detenga la economía y la vida social de la ciudad.
La solución no es una varita mágica, sino la suma de pequeñas flotas eficientes y bien administradas, en lugar de grandes flotas estatales que hoy son difíciles de mantener. Una ciudad que se mueve es una ciudad que produce.
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