A 71 años de la excarcelación de los Moncadistas compartimos este artículo, publicado el 13 de mayo de 2005, con motivo del medio siglo de ese suceso histórico.
La lucha pro-amnistía de los moncadistas fue la primera victoria del pueblo cubano antes del triunfo definitivo de la Revolución en 1959. Así lo enunció Fidel hace unos días durante una comparecencia por televisión. Aquella realidad se plasmó el 15 de mayo de 1955, hace medio siglo.
La alegría la inauguraron los pineros, con escenas de indescriptible amor filial y de júbilo de parte de los compañeros de Fidel y de los demás asaltantes del Moncada, en las afueras del Presidio Modelo y seguidamente en el hogar de los Montané Oropesa en Nueva Gerona.
Pero la apoteosis ocurrió en la Estación Central de Ferrocarril de La Habana, luego de la travesía del líder del movimiento revolucionario y sus compañeros en el vapor «Pinero», en el cual se concretaron las bases para la naciente fundación del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, y su Dirección Nacional.
Los recuerdos de piel, in situ en cuanto a mí, corresponden a la llegada del tren Batabanó-Habana a la Terminal. Desde muchas horas antes, los alrededores de la Estación, incluyendo espacios en pequeños hoteles de una noche que la circundaban, eran discretos puntos de convergencia de admiradores de los heroicos jóvenes sobrevivientes de los asaltos a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Céspedes en Bayamo, así como de compañeros, movilizados clandestinamente, jóvenes estudiantes e integrantes de la agrupación Frente Cívico de Mujeres Martianas, que habían luchado abiertamente en el movimiento pro-amnistía; periodistas de todos los órganos de prensa y medios. La policía de uniforme y la Secreta, así como sicarios del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) estaban dispuestos a castigar cualquier «turbulencia» que pudiera provocarse y devenir una protesta contra el régimen.
Pero, fue incontenible y abrupta la incursión pacífica aunque emocionada de cientos de personas a los andenes del ferrocarril, de un lado y otro de la línea por donde –indicaban los pitazos característicos– arribaba el tren de Batabanó. Las fuerzas represivas habrían tenido que masacrar a una multitud de la que sobresalían banderas cubanas, para frenar la avalancha popular. Por otra parte, en aquel momento el Gobierno de la tiranía quería mostrarse «consecuente», en su plan de neutralizar la opinión pública e incluso atraer su simpatía, de cara a una posible contienda electorera a la que, de hecho, se sumaban los partidos políticos de la oposición.
La amnistía de los presos políticos, «hasta de los moncadistas» como decía la propaganda oficial, servía de politiquería. Era difícil imaginar que sin la movilización del pueblo, de Oriente a Occidente, se hubiera logrado la excarcelación en tan corto tiempo.
No habían parado aún las ruedas del tren, con su estrépito de hierros recalentados, cuando gran parte de los jóvenes presentes, integrantes de la vanguardia de entonces, subieron al vagón donde venía Fidel, quien, con la cabeza asomada por la ventanilla, fue rápidamente identificado. Era un Fidel rasurado. Un delgado bigote, el pelo crespo, la tez sudorosa y sonrosada y una leve sonrisa que tributaba afecto. Al menos así nos parecía a todos los que veíamos detenerse el tren.
Yo había ido al recibimiento por dos motivos: porque quería volver a ver a aquel joven abogado a quien había oído decir su alegato, luego conocido como La Historia me absolverá, y porque, con otro compañero periodista de la sección En Cuba de la Revista Bohemia, debía preparar una nota sobre el recibimiento. Por las puertas de los vagones entraban y entraban jóvenes. Afuera, la multitud presionaba para acercarse a las ventanillas. Los accesos al tren, bloqueados total. Voces del Frente Cívico de Mujeres Martianas dando ¡Vivas a Cuba! (sabía que eran de ellas pues conocía a muchas).
La ventanilla por la que extraían a Fidel del vagón se mantenía alzada por la presión de su espalda. Así lo sacaron y cargaron unos metros, hasta donde pude ver. Afuera había automóviles de amigos y compañeros que lo esperaban, también familiares de los mártires. Y crecía la multitud. Al fin Fidel partió en un automóvil.
Aquel recibimiento había sido el resultado de una toma de conciencia, un triunfo de lo que hoy llamamos Batalla de Ideas. Ya gran parte del pueblo conocía los pormenores del asalto, a pesar de la censura de prensa, porque clandestinamente se había distribuido La Historia me absolverá, reproducida con dificultades impresionantes en una pequeña imprenta. Fidel, desde Isla de Pinos, les había encomendado esa labor a Haydée Santamaría y a
Melba Hernández, que ya habían cumplido su sentencia en la cárcel de mujeres de Guanajay.
Las verdades que contiene el histórico folleto, que el propio Fidel concibió en la prisión pinera reconstruyendo a memoria las palabras de su autodefensa como denuncia y programa político, habían surtido efecto. Aquellas letras sobrepasaron la propaganda contraria y la conjura del silencio de que eran víctimas los revolucionarios.
Melba y Haydée me habían prometido que yo podría verlo lo más pronto posible y así fue. A partir de ese momento la casa de Fidel sería un apartamento frente al que tenía alquilado su hermana Lidia Castro Argote en el edificio Le Printemps, en el cuchillo de la Avenida 23 a la altura de la calle 20. Fieles y decididos compañeros estaban por las esquinas. Ellos los saludaron y de forma expedita, subieron. Yo los conocía de trato o de vista, por habérmelos encontrado en casa de Elena, la madre de Melba. Nos abrieron paso. Así tuve el privilegio de encontrarme entre las primeras decenas de personas que pudieron ver a Fidel personalmente dentro de su habitación. Estaba en plantillas de media, cansado pero entusiasta, sentado al borde de la cama.
Nos presentaron, pero él me reconoció de los días del juicio del Moncada y muy pronto saldrían a relucir dos nombres: María Antonia Figeroa y Nilda Ferrer, dos jóvenes santiagueras, la primera maestra e hija de la patriota Cayita Araujo, y la otra una empleada de comercio, activista por la amnistía y ferviente admiradora de los combatientes. Las dos se habían acercado al doctor Fidel Castro el 16 de octubre de 1953, cuando lo llevaban esposado por un pasillo del Hospital Civil hacia el pequeño salón de estudio de las enfermeras para celebrarle el último juicio. En el camino, desafiando a los guardias, le manifestaron: «Fidel, el pueblo de Santiago está contigo.» Él se acordaba de aquel gesto y quería agradecérselos. A Melba y Haydée, que quedaron encargadas de localizar a las muchachas, les di los datos de donde vivían, pues yo había sido testigo de ese hecho, por el cual pudieron haberlas matado. Después supe por María Antonia que pronto Nilda y ella se entrevistarían con Fidel. María Antonia sería la encargada de la tesorería del Movimiento 26 de Julio.
Estuve casi veinte minutos con Melba y Haydée en la habitación. Fidel se interesaba por la distribución de La Historia me absolverá, por el padre de Renato Guitart y por otros familiares de compañeros caídos. Se daba masaje en los pies mientras hablaba. Insistía en seguir uniendo a compañeros dispersos. Y advertía de peligros que sobrevendrían. No olvidaré mi comentario inmediato que alegró tanto a Melba y a Haydée, a quien hice reír (a ella que tanto había sufrido y mantenía un gesto grave). Tomándole la mano para despedirme, le dije a Fidel que lo iba a ver con la barba blanca. Nada menos que a él, siempre rasurado y formalmente vestido como abogado que era. Al verlo ahora me acuerdo, felizmente, de aquella ancécdota, porque hoy seguimos contando con Fidel.
(Tomado de Granma)