El 5 de junio de 1955, nacía en Candelaria, Artemisa, Fernando Borrego Linares, más conocido como Polo Montañez. Sirva este texto de homenaje al inolvidable cantor cubano.
Las Tunas.- Hacen falta un montón de estrellas para ir a buscarte. Aunque te cansaras de decir “soy un guajiro normal” y entendiéramos tus razones, eras mucho más, mucho más. Tu estirpe de cantor innato viajó desde Las Terrazas cercanas a la Sierra de los Órganos, en Pinar del Río, hasta los corazones del público cubano, mexicano, colombiano, costarricense…
Imantados por tu carisma, voz y esa conexión sincera de autor de pueblo, la multitud te seguía, Polo. No bastaban los pasillos ni las escaleras para acoger tanto público en tus presentaciones. “… compone mientras camina o monta un tractor, mientras nada, bajo la lluvia, el sol o la luna, cuando siembra la tierra… y hasta durmiendo”, nos recuerda Pedro de la Hoz en una entrevista, al citar esas palabras del cuadernillo de tu primer disco.
Bendito el padre sandunguero, de piel curtida en el oficio de hacer carbón, que supo sembrar en ti la maravilla de la música. Así, desde un monte pinareño emergió el lirismo hecho canción que devino el fenómeno Polo Montañez. Alguna vez latieron en tu interior tonadas, décimas, sones montunos…, pero quisiste más, quisiste abrirle el pecho al mundo y ofrecerlo en forma de composición.
Aquellas mismas manos que alguna vez cortaron leña, aserraron árboles o cosechaban frutos de la madre tierra, no dejaban de soñar con la música. Quizás el trino de los pájaros, el murmullo del manantial o el aroma de las flores silvestres, tuvieron algo que ver en aquellos años primigenios. Después vinieron las fiestas y los recitales a abrir un camino entre la maleza insondable. Y la gente de Las Terrazas empezó a escuchar… ¡A su tierra le nacía un cantor!
Luego… la sorpresa (¡Qué fuera de la vida sin sorpresas!). Un día llegó José da Silva, “ese mulato africano que se le escapó al diablo y me convenció de que lo mío era abrirme al mundo”, le confesaste a Pedro de la Hoz. Y con el susodicho portador de la esperanza, la disquera Lusáfrica y una carrera indetenible. Tu arte se abrió camino por el mundo (¡Cómo no!), pero seguiste siendo aquel “guajiro natural”, de monte adentro.
Tu espíritu inmanente parecía amarrar con “bejuco colorao” el alma de la gente. Por eso, aunque te fuiste a cantar al cielo el 26 de noviembre del 2002, no te has ido todavía. Hay lazos así, Polo, inquebrantables; tú fuiste la prueba.
Desde el corazón del monte hasta los grandes escenarios, te escuchamos, te buscamos, te entendimos…, porque supiste bien donde poner la voluntad. Y ahora nos parece escucharte: “Canten, conmigo, canten, hagamos una canción que se levante…”. Gracias, Polo, contigo no hay confusión; siempre regresas.
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