Réquiem por Vicente

23 de Sep de 2025
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En una tierra de cactus y poetas, de tradiciones campesinas arraigadas por generaciones, un hombre con una estatura aproximada de 168.5 centí­metros, pasó a la historia de Cuba como un gran sedicioso, tergiversando u omitiendo muchos aportes de El León de Santa Rita, nuestro Vicente Garcí­a, a la causa libertaria.

Nosotros, los tuneros, tenemos una deuda de honor con él y, para cumplir al menos la parte que nos toca, debemos conocer más sobre su historia, hacernos eco de la verdad, honrarlo… Quizás así­, un dí­a no muy lejano, la historiografí­a cubana agache la cabeza y ponga al más controvertido de nuestros generales en el lugar que merece.

Sepa usted que hablamos de un patriota que ostentó los cargos más importantes del Ejército Libertador en la lucha contra España: Secretario de la Guerra, Jefe del Departamento de Oriente y Camagüey, presidente de la República en Armas y General en Jefe de los Ejércitos Cubanos.

Aquel mambí­ fue temido hasta por Don Blas de Villate, el Conde de Valmaceda, quien dijo en una ocasión: «Ese Vicente Garcí­a es el más organizado de todos los revoltosos». Se ganó a fuerza de machete y estrategia el sobrenombre del Rey de los Convoyes, en tiempos en que hubo que combatir hasta 14 veces al dí­a.

No es justo que se tilde de sedicioso sin analizar a fondo los hechos, porque -cuando ahondamos en la lectura- podrí­amos preguntarnos sencillamente si no hubiésemos hecho lo mismo en su lugar.

En cambio, ¿por qué no reconocer que él, siendo de naturaleza económica próspera, se fue a pelear por los humildes? ¿Por qué olvidar que organizó la reunión que el 4 de agosto de 1868 en la finca de San Miguel del Rompe acordó desarrollar el alzamiento independentista el 14 de octubre? Sí­, así­ fue, solo que Céspedes tuvo que adelantarse obligado por las circunstancias. ¿Por qué excluir su participación en la protesta de Baraguá cuando fue él quien advirtió a Maceo sobre las pretensiones deshonrosas de Arsenio Martí­nez Campo y cuidó el escenario por si el enemigo se le ocurrí­a traicionar durante la entrevista con el Titán de Bronce?

Volvamos a las palabras del doctor Armando Hart Dávalos en el centenario de la Toma de Las Tunas por las tropas mambisas cuando dijo: «Recordemos siempre al general Vicente Garcí­a y a los valientes soldados que junto a él lucharon bravamente durante 10 años a favor de los grandes objetivos sociales, patrióticos y revolucionarios de su momento histórico».

Los tuneros, más que otros, debemos conocer, repensar, cuestionar…, todo lo inherente a Vicente Garcí­a, el último mayor general que permaneció en pie de guerra una vez terminada la contienda. El mismo que, cuando se fue de la Isla, repartió su dinero de terrateniente (que nunca disfrutó por estar en la manigua) entre los colegas de guerra y marchó al mar, a la Venezuela donde llegaron tras sí­ los españoles para asesinarlo. Tení­a poco más de 50 años.

Pero, incluso allá, en la patria de Bolí­var, Vicente Garcí­a fue el primer cubano en el exilio que aceptó el liderazgo de José Martí­ en su intento por continuar la lucha y hasta recomendarí­a a otros seguirlo. El Apóstol cubano, tan justo, llamarí­a a nuestro adalid: «El Padre de los Diez Años, el condiscí­pulo de Ignacio Agramonte». Sí­, escuchó bien, así­ llamó Martí­ a Vicente Garcí­a. Los errores de los grandes hombres siempre nos han parecido grandes errores.

Regionalistas dicen algunos, pero no mencionan sus combates en la zona de Bayamo, apoyando a Céspedes; o en Sibanicí y Cascorro, de Camagüey; o cuando tomó Velasco y Uñas, en Holguí­n. Las Tunas fue incendiada, sí­, pero empezando por su propia casa.

Triste que se menoscabe la memoria de quien perdió la vida de dos de sus hijos pequeños, encerrados junto a otros familiares en su casa (hoy memorial Vicente Garcí­a) para presionar al patriota a que se rindiera. ¿Lo hizo? Nunca.

Triste que un plato de quimbombó con vidrio, gracias a la vileza del espí­a español Ramón Dávila, pusiera fin a la vida de aquel general de largos bigotes y valor incalculable, lejos de su patria. Y aún así­, en su lecho de muerte afirmó: «Muero en tierra extranjera, pero ahí­ quedan ustedes para que ayuden a libertar a Cuba».

Usted, tunero, defiéndalo. Quizás algín dí­a la historia reconozca sus errores.

/mga/

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