Por Giosber Pérez Tamayo
Amancio, Las Tunas.- Formar a las nuevas generaciones constituye una de las tareas más nobles a las que una persona puede consagrar su vida. Para asumirla se necesitan conocimientos, paciencia, vocación y, sobre todo, un profundo amor por la enseñanza. En Amancio, Ángela Leyva Sánchez representa ese compromiso: durante cinco décadas ha dedicado buena parte de su existencia a guiar y acompañar a niños y niñas desde el aula.
Con 50 años de experiencia en el sector educacional, esta maestra continúa frente al aula en la institución educativa Alipio Carrillo, ubicada en la comunidad de La Fe, lugar donde ha desarrollado gran parte de su trayectoria profesional.
Su vínculo con el magisterio comenzó desde muy joven. La inclinación por enseñar estuvo presente desde sus primeros años y terminó convirtiéndose en una profesión que ha marcado su vida.
“Desde muy pequeña me gustó enseñar y por ello escogí el magisterio. Me jubilé y luego me reincorporé, porque la Revolución lo necesitaba”, relata.
Actualmente trabaja con seis estudiantes de tercer grado y, además, brinda apoyo a los pioneros que cursan el primer grado. Para Ángela, cada niño representa un reto y al mismo tiempo una oportunidad para demostrar que la dedicación de un maestro puede transformar vidas.
Uno de los momentos que recuerda con especial orgullo ocurrió después de su reincorporación a las aulas.
“Trabajo con mucho amor. Cuando volví me encontré con un niño que no sabía leer ni escribir y logré que se pusiera al nivel de los demás”, cuenta con satisfacción.
Pero la labor de un maestro no termina cuando concluye la jornada escolar. Ángela también se preocupa por conocer las razones de las ausencias de sus alumnos. Cuando alguno falta a clases, lo visita en su hogar, porque entiende que el vínculo entre la escuela, la familia y la comunidad resulta esencial para garantizar una adecuada formación.
En esa tarea reconoce también el respaldo de los padres, a quienes considera aliados indispensables en el proceso educativo.
Medio siglo dedicado a la formación de los llamados pinos nuevos le ha permitido a Ángela conocer distintas generaciones de estudiantes y ser testigo de cuánto puede influir un educador en el futuro de sus alumnos. Su permanencia en las aulas constituye, además, una muestra de que jubilarse no siempre significa el final de una vocación cuando todavía existe el deseo de enseñar y aportar.
Desde La Fe, en el más sureño de los municipios tuneros, esta maestra continúa dejando huellas. Su historia es también la de muchos educadores que han hecho del magisterio una manera de servir a la sociedad.
“Quisiera que la juventud siga este camino, que no nos defrauden, porque la Revolución es lo más importante que tenemos y no la podemos perder”, aseveró.
Con sus 50 años de experiencia, Ángela Leyva Sánchez continúa frente a sus alumnos con la misma convicción que la llevó a escoger el magisterio. Porque hay profesiones que se ejercen durante años y otras que, como la de enseñar, terminan convirtiéndose en una forma de vida.
/abl/