Las Tunas.- En un país que transforma constantemente las maneras de gestionar y administrar su economía, donde las desigualdades y otros males históricamente asociados a la propiedad privada capitalista pueden abrirse paso en un contexto al que la nación se ha visto obligada a acudir para sostener su desarrollo, la labor social y la atención a las personas en situación de vulnerabilidad se convierten en un imprescindible antídoto.
Son numerosos los organismos, instituciones y entidades encargados de dirigir, encauzar y hacer cumplir las políticas del Estado destinadas a proteger a un segmento poblacional que crece al calor de las complejidades económicas y sociales que enfrenta el país. Entre todas esas estructuras, la labor de los trabajadores sociales resulta hoy más necesaria que nunca.
Desde los primeros años de la Revolución Cubana, la atención diferenciada a las personas con desventajas sociales ocupó un lugar prioritario. Sin embargo, no fue hasta los programas surgidos al calor de la Batalla de Ideas, a inicios de la década del 2000, que se generalizó la experiencia de los trabajadores sociales adscritos al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Fue entonces cuando nacieron, a lo largo y ancho de Cuba, cuatro escuelas destinadas a la formación emergente de jóvenes que más tarde el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, impulsor de la iniciativa, bautizaría como los «médicos del alma».
El 10 de septiembre del año 2000, con la inauguración de la primera de aquellas escuelas, nacía uno de los programas de mayor sensibilidad humana concebidos por la Revolución. Apenas un año después, los primeros egresados llegaban a barrios y comunidades de toda la geografía nacional, llevando luz, esperanza y, sobre todo, solidaridad.
Han transcurrido veintiséis años desde entonces, tiempo suficiente para demostrar la validez de aquella idea de Fidel. Los trabajadores sociales se han convertido en un verdadero ejército de sensibilidad y compromiso. A lo largo de este tiempo han enfrentado múltiples tareas y misiones vinculadas a su formación, a las que se han sumado otras responsabilidades asumidas gracias al prestigio, la entrega y la vocación de servicio que los distinguen.
Por la geografía tunera, más de 700 de estos «médicos del alma» continúan movilizando voluntades y articulando los esfuerzos de instituciones, organismos y actores comunitarios en función de quienes más lo necesitan. Su labor no se limita a las personas identificadas en situación de vulnerabilidad; también llega a quienes requieren una mano amiga, un hombro donde apoyarse o simplemente alguien dispuesto a escuchar.
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