Las Tunas.- Ella trabajó durante años cerca de algunos de esos bafles que amplifican música en las actividades. Era feliz en su trabajo; se sentía útil, plena. Sin embargo, no sospechaba que tanta exposición al ruido terminaría por dañar su salud. Había escuchado aquello de que un volumen alto podía provocar hipoacusia o sordera, pero vivirlo en carne propia jamás le pasó por la cabeza.
No es ficción; es la historia de una mujer tunera entrevistada en Radio Victoria recientemente. No diremos su nombre, ese no es el punto. El punto es que terminó integrando la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (Ansoc) y, aunque es una persona resiliente y digna de admiración, desde entonces ha tenido que usar audífonos para hipoacúsicos y enfrentar los retos que esta afectación conlleva…
Su historia no es aislada y, sobre todo, nos lleva a reflexionar sobre los riesgos del ruido para nuestra salud, algo de lo que no estamos exentos por la contaminación auditiva que prolifera a veces en entornos sociales. Este mal no es nuevo, pero su importancia requiere que insistamos en ello, una y otra vez.
Por un lado, vecinos irrespetuosos obligan a la barriada a escuchar su música predilecta a volúmenes inconcebibles. A veces no parece importarles si vive cerca un recién nacido, adulto mayor o embarazada. Golpean hasta más no poder nuestros oídos y paciencia con el último tema de moda e, incluso, con canciones que al final parecen más ladridos que lo que dicen ser, sin denigrar a ningún género.
Esto también ocurre en espacios más reducidos. Lo hemos visto en camiones particulares, donde algún pasajero impone a los demás sus preferencias y distracciones. Desde un reality show, el capítulo de alguna novela, una canción pegada o lo que les parezca… Y no es que esté mal enajenarse de vez en cuando, pero nunca de manera tal que afectemos la colectividad. Es también cuestión de respeto, empatía, sentido común…
El ruido tiene múltiples rostros y expresiones. Los hay más solapados como escuchar música alta con audífonos, donde te dañas a ti mismo, y otros más públicos o escandalosos como los cláxones insistentes, las motorinas con sus desaforados conciertos ambulantes, los tubos de escape alterados, la vociferación en espacios concurridos y muchos otros.
“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos como hermanos”, dijo Martin Luther King. Ciertamente, aún tenemos varias asignaturas pendientes en materia de civismo.
Hasta en las paradas, con el calor del trópico en pleno apogeo, el cansancio acumulado a raíz de las vicisitudes por las que atraviesa el país, uno puede encontrar a algún estrafalario ciudadano con los decibeles de su equipo a niveles alarmantes. Y es cuando uno escucha: “Ella tiene un tín…”, y uno dice: “Este lo que no tiene es un tín de respeto y sí un tín de locura antisocial”, por llamarlo de algún modo.
Lo triste es que no solo condicionamos nuestra salud y la de quienes nos circundan, muchas veces estresados por naturaleza o consecuencia, también les enseñamos a nuestros hijos que estas conductas equivocadas son normales. Y no debemos normalizar lo mal hecho. Si el nene quiere ver muñequitos un rato, que lo haga bajito, y no mucho, porque eso trae diversos trastornos.
Qué necesidad hay de extender la algazara de alguna fiesta familiar hasta las 3:00 am, sin dejar dormir a nuestros vecinos. Ese comportamiento no solo es irrespetuoso y estresante, también resulta vergonzoso, pues habla mucho de la persona que lo genera…
En fin, sea feliz, pero sin molestar a los otros con sus estridencias. Y recuerde, además, que aquí no solo hablamos de conductas sociales, hablamos también de su salud, la de su familia y la sociedad, en general.
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