Las Tunas.- Hay fechas que nos recuerdan que la verdadera soberanía no se negocia a ningún precio, el 16 de julio es una de ellas.
En un día como este, pero de 1898, el mando español firmaba ante las tropas interventoras norteamericanas la rendición de Santiago de Cuba, poniendo fin a la guerra organizada por Martí y que él llamara “guerra necesaria”.
El Ejército Libertador cubano, que durante treinta años había luchado contra el colonialismo español, fue excluido de las negociaciones, una humillación que frustró las aspiraciones independentistas de la isla.
Mucha sangre y sudor costó aquella jugada maestra de la naciente potencia que pronto se convertiría en el mayor imperio de la historia de la humanidad, el mismo que no cesa en su empeño de doblegarnos, como lo hizo con las tropas mambisas de aquel entonces.
Vendrían años oscuros para un pueblo que había visto a su nación quedar prácticamente en ruinas, no solo a causa de la guerra, sino también por la política de reconcentración aplicada por el gobierno español, recordada como un acto de genocidio masivo en la historia moderna.
Hoy, cuando ese mismo pueblo sufre otro acto de genocidio tan cruel y despiadado impuesto por el vecino del norte, es oportuno releer la historia y recapitular que la soberanía ni se negocia ni se vende.
Los tiempos son otros; sin embargo, la nación se ve obligada a asumir cambios para sobrevivir. De lo que se trata entonces es de no perder el rumbo, para que la historia no se repita.
Entre esos cambios pueden incluirse modos y actuaciones en la operatividad de la economía, pero sin alterar los principios que nos convierten en una nación soberana e independiente. Porque si nos equivocamos, la historia no nos lo perdonará.
Como nunca antes, hay muchas cosas en juego, pero lo único con lo que no debemos jugar es con nuestra soberanía, esa que un día como hoy, hace 128 años, fue mancillada a nuestros mambises.
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