Por Claudia Escalante Cruz
Las Tunas.- A sus 89 años, Marcelino Fernández Vargas decidió enfrentar la adversidad que atraviesa el país con trabajo y semillas. Transformó un vertedero en un espacio de siembra para el consumo familiar, demostrando que la voluntad puede convertir los obstáculos en oportunidades.
Hace seis meses llegó al barrio para vivir con su hija. Allí, motivado por su yerno y por su pasión por la agricultura, habló con la persona encargada de autorizar el uso del terreno y obtuvo el permiso para darle un mejor destino.
Lo primero que plantó fueron tres carreras de maíz, que dieron frutos abundantes y se convirtieron en caldosa, tamales y arroz con maíz compartidos en familia.
Cada mañana, durante tres o cuatro horas, Marcelino se dedica en solitario al cuidado de su huerto.
Limpió el terreno con sus propias manos, levantó cercas y fue sembrando poco a poco. Aunque reconoce que los robos son un riesgo, asegura que lo importante es mantenerse activo: “Así yo me entretengo y cosecho algo”.
Actualmente cultiva girasol, yuca, frijoles y cilantro. Los vecinos se acercan para pedirle flores o semillas, y él las comparte sin reservas. “Yo gano más con sembrar amistades”, dice, convencido de que la solidaridad es tan valiosa como la cosecha.

Los principales obstáculos han sido materiales: conseguir semillas, tablas o herramientas. Pero la comunidad ha sido clave. Amigos y vecinos le han donado lo necesario, y él responde con gratitud, regalando parte de lo que produce. “Me siento satisfecho, con mucha emoción, porque aquí estoy conservando salud, fuerza y voluntad”, asegura.
Para su familia, consumir alimentos cultivados por él es motivo de alegría. Sus nietos, que viven en el extranjero, lo animan a seguir adelante.
Marcelino, por su parte, siente que cada cosecha es una victoria personal y un aporte a la vida de quienes lo rodean. Ha ayudado incluso a limpiar patios de vecinos, demostrando que su labor no se limita a su propio terreno.
A punto de cumplir 90 años, Marcelino Fernández Vargas se siente “como un niño”. Su historia es ejemplo de resiliencia y de cómo la agricultura puede ser más que un medio de subsistencia: un espacio de dignidad, utilidad y encuentro comunitario.
“Si alguien tiene un espacio sin utilizar, que lo aproveche. Que lo haga”, recomienda con entusiasmo.
Su ejemplo demuestra que la tierra, incluso en los lugares más inesperados, puede ser semilla de esperanza colectiva.
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