Las Tunas.- Ser abuelos es como volver a ser padres, me dicen algunos privilegiados. Entre sus manos arrugadas, la mirada perdida algunas veces y esa nieve que asoma con los años, habita la experiencia que transforma, la palabra que calma, el consejo que siempre tiene tiempo…
Los abuelos cargan sobre sus hombros lecciones imperecederas, la intervención oportuna en conflictos familiares, suculentas historias… Con ellos descubrimos mejor quiénes somos y nos reinventamos, incluso, cuando se frunce su entrecejo tras alguna de nuestras andadas.
Un abuelo es un sabio al alcance de todos. Es la merienda sin pedirla, la sorpresa un día cualquiera, el enigma que se pierde entre ojos y palabras únicas.
Para un abuelo no hay imposibles o –al menos- lo parece. Puede ser mago, juglar, cuenta cuentos, sabelotodo… Y terminas por creer cada historia con la mayor naturalidad del mundo. Allí, en el remanso de su rostro, sabes que encontrarás paz, alegría y una especie de llave a todas las respuestas.
¡Pobre del abuelo relegado a la soledad de un balance o algún portal taciturno! ¡Pobre de quienes no entiendan que allí figura un tesoro, una raíz, la oportunidad de crecer…!
El abuelo es como esa rama sepia que permanece en el árbol genealógico, sin sospechar quizás que agrupa todas nuestras esencias. A veces vemos a los retoños o espigas más fuertes ignorarlo, a sabiendas o no, de que niegan parte indispensable de su identidad. ¡Bendito el abuelo abrazado, escuchado, mimado, entendido…! Y benditos también quienes cultivan su sonrisa.
¡Abraza fuerte al abuelo, ahora que puedes! Quédate ahí, cerca de su corazón, aunque no entienda tus palabras o –quizás entre los nubarrones de su cabeza- no te recuerde ya. Ayúdale a ser, pero no lo inmovilices.
Recuérdale que lo amas, que te importa, que lo necesitas… Trátalo como quisieras que te trataran algún día. Vívelo. Mañana, mañana quizás sea demasiado tarde.
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