En tiempos de crisis, sale a flote lo mejor y lo peor del ser humano. Hemos visto gente compartir un pedazo de pan y otros, lamentablemente, convertir la necesidad ajena en una mina de oro personal.
El acaparamiento no es un fenómeno nuevo, pero cuando se alimenta de los productos que el propio Estado destina al pueblo, deja de ser una «estrategia de supervivencia» para convertirse en una falta de respeto al sudor del trabajador.
Es el ciclo del «invento» desalmado.
No es un secreto para nadie cómo funciona el engranaje. El producto llega a la red estatal, tiendas en divisas para ser más preciso, y antes de que el ciudadano común pueda marcar en la cola, ya los coleros que viven de eso han tomado todas las posiciones y salen cargados de huevos, aceite y cuanto producto pueda revenderse. Y se revende todo.
El desvío de recursos es otro punto neurálgico. Es doloroso ver cómo productos básicos, que solo vende el Estado, aparecen minutos después en redes sociales o portales de venta a precios multiplicados por cinco. Ese producto salió de un almacén público, pero terminó en manos de quien tiene el contacto, no de quien tiene la necesidad.
La figura del «colero» profesional está en esa gente que vive de asfixiar al que trabaja. Acaparan lo poco que hay para luego revenderlo en la misma esquina a quienes no pueden pasarse doce horas bajo el sol.
Lo más preocupante no es solo el vacío en los estantes, sino el vacío en el pecho. ¿En qué momento algunos, por no decir muchos, perdieron la capacidad de mirar al lado y ver a una anciana que no puede pagar un cartón de huevos a más de tres mil pesos.
El acaparador que revende leche o medicamentos no está «luchando», está lucrando con la desesperación. Es una cadena de insensibilidad en el que el último eslabón siempre es el más vulnerable. El que acapara hoy para hacerse rico mañana, está cavando un hueco donde tarde o temprano caeremos todos, porque una sociedad sin solidaridad es una sociedad que se corroe por sí misma.
¿Es una cuestión de leyes o de valores?
Las multas y los operativos policiales son necesarios para poner freno al descaro, pero el verdadero cambio tiene que ser moral. No podemos normalizar que alguien se haga millonario a costa de que otro no coma. El control tiene que empezar en el mostrador, pero la condena tiene que venir del barrio, de la gente que no puede seguir mirando hacia el lado mientras el que se cree vivo se aprovecha del prójimo.
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