Las Tunas siempre ha tenido fama de ser una ciudad tranquila, de gente noble y calles limpias. Sin embargo, basta un recorrido por la avenida 2 de Diciembre o una parada en el parque Vicente García para notar que algo está cambiando, y no precisamente para bien.
Las indisciplinas sociales se han vuelto un «ruido de fondo» que ya pocos parecen cuestionar. No hablamos solo de la música alta que invade el descanso ajeno a deshoras, sino de algo más profundo: el irrespeto al espacio común.
Hay puntos críticos. La gestión de desechos es uno de ellos. A pesar de las limitaciones con el combustible y los carretones, ver vertederos improvisados en esquinas céntricas ya no asombra a nadie. La culpa es compartida entre la deficiente recogida y el vecino que lanza la bolsa donde mejor le acomode.
También está el vandalismo al ornato: bancos rotos, luminarias apedreadas y paredes recién pintadas que amanecen con «grafitis» de mal gusto. Es un autosabotaje a la belleza de nuestra propia ciudad.
Y qué decir de las conductas en el transporte: el molote en los puntos de recogida saca lo peor de algunos: colarse en el lugar del otro, palabras obscenas y la falta de prioridad para ancianos o embarazadas.
¿Falta de mano dura o de conciencia? Muchos piden multas más severas, y razón no les falta. El orden, a veces, necesita el respaldo de la ley. Pero la solución no puede ser solo punitiva. Si como tuneros permitimos que lo mal hecho se convierta en norma, estamos perdiendo la batalla cultural.
Recuperar el brillo de Las Tunas no depende solo de un presupuesto estatal; depende de que el ciudadano sienta que la calle es la extensión de su sala. No se trata de ser finos, se trata de ser respetuosos. Si no cuidamos el Balcón del Oriente, nos vamos a caer todos.
/mga/



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