El precio del deber, la huella del huracán Melissa y el «Saratoga» en un rescatista

7 de Nov de 2025
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Las Tunas.- En sus ojos aún se refleja la devastación del huracán Melissa y el siniestro del hotel Saratoga. Yoelbis Michel Rojas Ochoa, técnico de rescate y salvamento, narra con una mezcla de orgullo y dolor las experiencias que han marcado su vida, en las que la solidaridad y el compañerismo son su motor, pero también donde ha tenido que enfrentar la pérdida de quienes consideraba sus hermanos.

ENTRE EL ORGULLO Y EL DEBER

La espera en el Comando Provincial era angustiosa. La sangre caliente, las ganas de ayudar a los damnificados, la ansiedad por la acción. Así recuerda Yoelbis los momentos previos a una de las misiones de rescate más impactantes tras el paso de un evento meteorológico por Cuba.

«Todos aquí esperábamos, con ansias de salir. El viaje me pareció eterno. La línea se me hacía larguísima, no veía las horas de llegar. Cuando estuvimos en el lugar me paré frente a la línea, mirando y dije: ´dónde están mis compañeros, ¿pero qué pasó aquí? Esto no es normal´.

«El paisaje era desolador: agua por todos lados, animales encima de los silos, personas caminando y rescatando lo poco que tenían.

«Seguimos caminando, cruzamos los vagones que se quedaron atrapados ahí… el agua a las rodillas. Me dio un dolor en el pecho enorme, uno es cubano, uno es revolucionario. Me mueven la solidaridad y el compañerismo».

El reencuentro con sus compañeros, los de la primera escuadra, fue emotivo. «Lo primero que hice cuando los vi fue abrazarlos y besarlos porque pusieron su vida en riesgo».

SARATOGA

Al hablar del derrumbe del hotel Saratoga en La Habana, su voz cambia de tono. «Esa fue una de las mayores experiencias que he tenido hasta el momento, de rescate en estructura». Recuerda que era un alumno en el curso de Rescate, pero un día común y corriente, una noticia lo cambió todo. «Entró un compañero: ´Se derrumbó el hotel Saratoga, alístense´… Todo el mundo se quedó en blanco. Al llegar, el caos. La gente llorando, los de bomberos desesperados. Trabajamos en turnos agotadores, tres horas de labor intensa por seis de descanso que nadie cumplía».

Recuerda el momento de terror cuando su compañero Andrés, durante una exploración, resbaló y cayó hasta el sótano. «Cuando él sale me dice: ‘Yoelbis, nací’. ‘¿Qué te pasó, mi hermano?’. ‘Que me fui por un hueco, coño, y casi me mato'».

Describe el trabajo allí como agotador, meticuloso y peligroso. “Estuvimos en constante movimiento, uno al lado del otro. Por huequitos que no llegaban a dos metros… Sacando y botando escombros. Con la ayuda de los canes que marcaban los puntos donde excavar, la misión avanzó. Eso fue para mí un hecho… ¿Sabes? No tengo cómo explicarlo… Eso fue grandísimo para mí».

EL LADO MÁS HUMANO Y EL PRECIO MÁS ALTO

Al preguntarle en qué consiste ser un técnico de rescate, su respuesta es contundente y revela su filosofía de vida. «Es una persona que no puede temer a nada. Tiene que dar su vida para salvar la de los demás. Exponiéndose a cualquier riesgo».

Es entonces cuando la conversación toma un giro doloroso. «Esta es una anécdota muy triste para mí. Perdí a dos compañeros, Alejandro Yerena y Yoandra Suárez». Su amigo Alejandro, con quien se graduó, falleció en el derrumbe de Lamparilla, en La Habana Vieja.

«Ellos se adentran a la vivienda y en el mismo momento que penetran, se desploma la casa. Eso para mí fue un día entero sin motivo de ninguna celebración. Ni ganas de hacer nada. Esta pérdida es la lección más cruda de mi oficio. El rescatista debe tener mucho control, paciencia. Debe saber entrar en el momento preciso y hasta dónde puede llegar».

Sin embargo, también atesora historias de éxito que llenan de sentido su labor, como el rescate de un hombre en una presa o la compleja extracción de una persona en un pozo estrecho en Majibacoa, donde tras una hora y media de persuasión, logró amarrarlo con una cinta especial y sacarlo ileso.

LA ESENCIA DE UN RESCATISTA

Le hice una pregunta trampa: ¿ con qué te quedas de todo lo vivido?

Yoelbis no duda en su respuesta. «Es una labor muy humana, aunque reconozco que muchos no conocen o no valoran este trabajo. Yo entrego mi corazón, soy de las personas que cumple con su deber a cabalidad. El bombero, el técnico de rescate, no mira la condición de nada. Nosotros siempre entregamos todo. Yo me quedo con lo mejor, que es dar todo por los demás».

A sus 28 años y con cuatro como rescatista, el miedo no tiene cabida; lo que siente es adrenalina y un profundo sentido del deber.

«El rescatista debe estar psicológicamente preparado para actuar. No puede dejar espacio al miedo, y sí al valor. Tiene que permanecer listo para cumplir con su misión», afirma.

Yoelbis y sus compañeros demuestran que los verdaderos héroes visten uniforme, llevan herramientas y, sobre todo, cargan con un corazón dispuesto a dar todo por un desconocido, incluso la vida misma.

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