Las Tunas.- Salir a las calles de Las Tunas se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en un ejercicio de alta peligrosidad. Lo que antes era un tránsito predecible y mayormente pacífico, hoy se ha transformado en un escenario de alarmante anarquía.
La proliferación de nuevos medios de transporte, combinada con una preocupante pérdida de la responsabilidad ciudadana y un debilitamiento de la fiscalización, mantiene en vilo la tranquilidad de peatones y conductores honestos. La vía pública tunera pide a gritos un freno de mano a la impunidad.
Uno de los rostros más visibles y peligrosos de este fenómeno es la masiva presencia de adolescentes y jóvenes al timón de bicicletas eléctricas y ciclomotores, comúnmente conocidos como motos eléctricas. En manos inexpertas, y muchas veces sin la madurez sicológica necesaria para comprender el peligro, estos vehículos —silenciosos y veloces— se transforman en verdaderos proyectiles urbanos.
Es habitual presenciar a muchachos realizando maniobras temerarias, compitiendo en plena vía pública o transitando con tres y hasta cuatro personas a bordo, desafiando las leyes de la física y de la prudencia. Detrás de cada uno de esos menores hay, inevitablemente, la alarmante permisividad de padres que confunden el afecto con la entrega de un peligroso juguete.

Sin embargo, la imprudencia no tiene edad. El problema adquiere ribetes alarmantes cuando se observa a adultos incurrir en violaciones flagrantes del Código de Vialidad y Tránsito. Circular en sentido contrario por calles de una sola vía, no respetar el derecho en intersecciones neurálgicas de la ciudad, conducir vehículos motorizados sin poseer la debida licencia de conducción o hacerlo bajo los efectos del alcohol, ya no parecen excepciones, sino conductas que amenazan con naturalizarse ante los ojos de la comunidad.
Frente a este complejo panorama, la mirada de todos y el reclamo popular tienen que dirigirse con honestidad hacia el rol de las autoridades competentes. Existe una percepción generalizada de que falta sistematicidad y rigor por parte de los agentes del orden y el cuerpo de inspectores.
La exigencia en la vía no puede ser un asunto de campañas esporádicas ni limitarse a los puntos de control habituales en las salidas de la ciudad. Se necesita una presencia activa, dinámica y severa en el corazón de los barrios y en las arterias principales de la cabecera provincial. Cuando la ley se muestra contemplativa o tarda en actuar, el infractor se empodera y la indisciplina se multiplica.
Salvar vidas en las calles de Las Tunas requiere de una ofensiva integral. Hace falta que la escuela y la familia eduquen con el ejemplo, pero también que las fuerzas del orden apliquen con total firmeza las herramientas legales disponibles: desde la aplicación de multas severas hasta el retiro definitivo de licencias o el decomiso provisional de los vehículos a quienes pongan en riesgo la vida ajena.
La vía pública es un espacio de convivencia, no una pista de carreras ni una zona libre de leyes. Devolver la seguridad y el orden a nuestras avenidas es una urgencia que no admite más dilaciones ni justificaciones. Mañana, ante el impacto lamentable de un accidente evitable, ya será demasiado tarde.
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