Después de pasarle la rima a las colas, a los precios inflados y al que vive del inventario ajeno, uno corre el riesgo de pensar que la batalla está perdida. Pero basta detenerse un segundo, bajarle el volumen al ruido de la queja y mirar bien: ahí están los quijotes de cada día. Esos que, en medio del sálvese quien pueda, deciden salvar al de al lado.
Porque aunque el vivo haga más bulla, el bueno sigue siendo mayoría, aunque trabaje en silencio.
En estos tiempos hay héroes sin capa y sin espada, aunque en el refrigerador falten los alimentos.
Y ahí está esa vecina que sabe que el viejo de los bajos vive solo y, cuando hace un potaje que le quedó de campeonato, saca un poquito y se lo lleva. No le sobra, pero le nace. Eso no se compra en ninguna tienda en MLC.
También está el especialista del barrio, ese que sabe arreglar una hornilla, un zapato o una conexión de agua y te dice: Déjalo así, asere, hoy por ti y mañana por mí. Esos que todavía creen en el trueque de favores y no en el sablazo al bolsillo.
¿Y qué decir de la solidaridad? De ese que ayuda a subir la jaba de la bodega a quien ya no puede con sus huesos. Gestos pequeños que, sumados, son el pegamento que todavía mantiene unido al barrio.
Siempre hay una reserva de esperanza. No todo está perdido mientras quede alguien que se indigne ante una injusticia o que comparta lo poco que tiene. Esas actitudes son la prueba de que la fibra del cubano no se ha podrido, que la decencia es una raíz profunda que aguanta cualquier sequía económica.
La bondad hoy es un acto de rebeldía. Ser buena persona cuando todo te empuja a ser un lobo, es la verdadera victoria. No podemos permitir que el egoísmo de unos pocos nos haga olvidar la nobleza de los muchos.
Al final del día, cuando la corriente falta o el pan no llega, es el brazo del vecino el que te sostiene. Y mientras ese brazo esté ahí, Las Tunas y Cuba entera tendrán una oportunidad de volver a ser lo que siempre hemos sido: una gran familia donde nadie se queda atrás.
/lrc/




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