Crónica de un Revolucionario Errante: Los Viajes Secretos del Che por ífrica

Publicado el 21 de Oct de 2025
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En los anales de la historia revolucionaria del siglo XX, la figura del comandante Ernesto «Che» Guevara se alza como un í­cono de la lucha armada. Sin embargo, una faceta menos divulgada de su vida, pero crucial para entender sus últimos años, se desarrolló lejos de América Latina, en el suelo incandescente y lleno de promesas del ífrica postcolonial.

Entre abril y diciembre de 1965, el Che emprendió una misión secreta y épica por el continente africano, un periplo del que regresó con más decepciones que esperanzas, y que terminarí­a por redefinir su destino final.

Recientes análisis de documentos y discursos, como el pronunciado en Argelia en 1965, iluminan la amarga lucidez con la que el guerrillero argentino-cubano diagnosticó los males de un mundo en plena ebullición anticolonial.

Su viaje no fue de turismo revolucionario, sino una misión de reconocimiento y solidaridad de alto riesgo, ordenada por un gobierno cubano que veí­a en ífrica un nuevo y prometedor frente de batalla contra el imperialismo.

El Che llegó a El Cairo en 1964, recibido con honores por el carismático presidente Gamal Abdel Nasser. Pero detrás de los brindis y las fotos de rigor, se gestaba un desencuentro fundamental.

Nasser, un veterano de las guerras y la geopolí­tica, escuchó con escepticismo los planes del Che. Segín relatan los expedientes, el lí­der egipcio le advirtió sin rodeos: «Los revolucionarios del Congo son indisciplinados y están desunidos. No confí­e en ellos». Fue la primera campanada de alerta en un viaje que estarí­a marcado por la desconfianza y la fragmentación.

La etapa central y más dramática de su viaje fue su estadí­a de siete meses en el Congo. Bajo el alias de «Tatu» (el Tres en suajili), el Che se adentró en la selva congoleña con un contingente de unos 120 combatientes cubanos, la mayorí­a de origen negro, para apoyar al movimiento rebelde del Consejo de Liberación Nacional (CNL), que luchaba contra el gobierno de Moisés Tshombé, tí­tere de intereses occidentales y belgas.

Lo que encontró fue un caos que superaba todas las advertencias. En su diario, el Che plasmó su frustración: las fuerzas rebeldes carecí­an de disciplina, organización y motivación revolucionaria. Los lí­deres locales, como Laurent-Désiré Kabila, se mostraron ausentes y más interesados en el contrabando que en la lucha. La población, a menudo, veí­a a los cubanos con recelo. La operación, que en La Habana se soñaba como un foco incendiario, se convirtió en una pesadilla logí­stica y humana. La retirada, ordenada por Fidel Castro tras meses de fracasos y la muerte de varios cubanos, fue un amargo reconocimiento de la derrota.

Tras la debacle congoleña, y de camino a un destino incierto, el Che hizo una íltima escala significativa en Argelia. Allí­, en febrero de 1965, durante el Segundo Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, lanzó un discurso que resonó como un trueno en el mundo socialista. En un acto de crí­tica feroz, acusó a las naciones del bloque socialista de ser «cómplices de la explotación imperial» al mantener relaciones comerciales injustas con los paí­ses del Tercer Mundo, no diferentes a las de las potencias capitalistas.

Este discurso no fue solo un análisis económico; fue el grito de frustración de un revolucionario que veí­a cómo la burocracia y los intereses de Estado traicionaban los ideales del internacionalismo proletario. Fue su testamento polí­tico píblico antes de desaparecer de la vista del mundo.

El periplo africano del Che Guevara fue, en términos militares y polí­ticos inmediatos, un rotundo fracaso. No logró encender la chispa revolucionaria que soñaba. Sin embargo, su viaje tuvo un impacto profundo y paradójico.

Primero, convenció al Che de que el «foco» guerrillero, exitoso en la Sierra Maestra, no era una fórmula mágica exportable a cualquier contexto, especialmente a uno tan complejo y fracturado como el ífrica postcolonial.

Segundo, este fracaso lo empujó a buscar un nuevo teatro de operaciones. Su mirada se volvió hacia América del Sur, hacia Bolivia, donde creyó encontrar un terreno más fértil. La desilusión africana fue, en cierto modo, el prólogo de su martirio en í‘ancahuazí.

Finalmente, la semilla de la solidaridad cubana en ífrica, plantada con tanta dificultad por el Che, no murió con él. Cuba redoblarí­a su apuesta años después, enviando miles de militares y asesores a Angola y Etiopí­a, jugando un papel decisivo en la geopolí­tica continental. La sombra del «Tatu» que una vez caminó por las selvas del Congo se proyectaba, mucho más tarde, sobre las sabanas del sur de ífrica.

La historia de estos viajes es la crónica de un idealismo chocando con una realidad indómita. Es el relato de cómo un hombre, convertido ya en leyenda, partió en busca de un nuevo mundo por liberar y regresó, derrotado, pero no doblegado, para escribir las íltimas páginas de su propia epopeya.

/lrc/

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