En medio de los complejos desafíos socioeconómicos que atraviesa Cuba, caracterizados por la escasez de recursos, prolongados cortes eléctricos y severas limitaciones logísticas, suele surgir una pregunta tan pragmática como incómoda: ¿por qué priorizar la realización de eventos culturales cuando las prioridades materiales parecen sofocar el día a día?