Las Tunas.- Hay lugares donde el tiempo no se mide por las horas, sino por la resonancia de una nota de guitarra que se queda flotando en el patio, el olor persistente al óleo recién puesto sobre el lienzo o el tecleo en una computadora que aún parece eco en los pasillos.
Llegar a un nuevo aniversario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) no es solo revisar una fecha en el calendario; es asomarse al portal donde la cultura cubana ha decidido, durante seis décadas y media, sentarse a discutir sobre sí misma.
Aquel 22 de agosto de 1961, nacida al calor de las históricas palabras de Nicolás Guillén y la urgencia de aglutinar el talento de una isla en ebullición, la organización abrió un espacio que iría mucho más allá de lo burocrático. Se convirtió en la casa común. La casona del Vedado habanero fue el epicentro, pero su verdadera fuerza germinó cuando la idea se multiplicó en cada provincia, en cada comité y filial donde los creadores locales encontraron un techo para la peña, el debate acalorado, la descarga a guitarra limpia y la defensa de la identidad nacional.
En sus salones y jardines han convivido todas las expresiones: los versos fundamentales, la plástica irreverente, el audiovisual que busca registrar la memoria cotidiana, las voces de la locución y el teatro de tablas vivas. La Uneac ha sido ese contrapeso necesario, el espacio de diálogo donde el artista defiende el rigor de la obra frente al tiempo y donde la creación se asume como un ejercicio de responsabilidad social.
Sesenta y cinco años después, con los retos inevitables del presente y la renovación constante de sus miembros, la organización sigue siendo ese refugio vital. Más allá de los documentos y los congresos, su valor permanece en el gesto cotidiano: en la luz de una galería que abre de noche, en la tertulia que se alarga bajo la sombra de los árboles y en la certeza de que, mientras exista un creador defendiendo su oficio, la casa seguirá teniendo las puertas abiertas.
/abl/