Historia

La Libertad habla del Che

La Libertad habla del Che

A veces me buscan en las plazas, otras en los libros, en los discursos o en las marchas de los pueblos. Sin embargo, también habito en la memoria de quienes se atreven a desafiar las injusticias. Por eso recuerdo con nitidez aquellos días de octubre de 1967 cuando uno de mis discípulos más fieles caminó hacia la eternidad.

Era 8 de octubre en la Quebrada del Yuro, en Bolivia. Hacía meses que Ernesto Che Guevara y su pequeña columna guerrillera resistían el cerco del Ejército boliviano. El hambre, las enfermedades, el cansancio y el aislamiento redujeron considerablemente sus fuerzas.

Aun así, el hombre que recorrió América sobre una motocicleta, que se convirtió en Comandante de la Revolución Cubana y que soñaba con la emancipación de los pueblos latinoamericanos, nunca renunció a mí.

Lo acompañé mientras recorría los abruptos parajes del Yuro, entre senderos estrechos y una vegetación que parecía cerrarse sobre los hombres agotados.

De pronto, el silencio fue desgarrado por el fuego. Las tropas del ejército boliviano completaron el cerco sobre los guerrilleros. Desde posiciones ventajosas descargaron una lluvia de disparos contra aquel reducido grupo de combatientes.

Cuando una bala hirió la pierna del Hijo de Rosario y su fusil quedó inutilizado, permanecí junto a él y sentí algo que los soldados nunca pudieron comprender: aquel hombre ya pertenecía a la historia, incluso antes de morir.

Junto al Che cayeron en manos de las fuerzas enemigas sus compañeros Simeón Cuba Sanabria, conocido como Willy y Juan Pablo Chang, llamado El Chino. Los tres fueron conducidos hasta la pequeña escuela de La Higuera.

Escuché el ir y venir de soldados, oficiales y emisarios. Vi los rostros tensos de quienes tenían ante sí a un prisionero cuyo nombre ya era conocido en todo el continente.

No bastaba con haber derrotado a los combatientes, temían que un juicio público convirtiera al Guerrillero Heroico en una tribuna para sus ideales y que su voz siguiera cruzando fronteras y despertando conciencias.

Herido y prisionero, el Che permaneció en una de las aulas de la escuela hasta el mediodía del 9 de octubre de 1967. Tras recibir la orden de ejecución, el sargento boliviano Mario Terán entró en el local y le disparó varias veces. Los impactos fueron dirigidos al cuerpo, por debajo del cuello, para aparentar que había caído en combate. Minutos después, Ernesto Che Guevara murió en aquella humilde escuelita boliviana.

Un día después de su muerte, el cuerpo del guerrillero fue trasladado en helicóptero a Vallegrande y expuesto en una morgue improvisada en el hospital de esa ciudad ante una treintena de periodistas, de ellos, tres corresponsales extranjeros.

Le amputaron las manos para que sirvieran de identificación ante la CIA y su cadáver fue sepultado con absoluto secreto en una fosa común en la antigua pista de aviación de Vallegrande, junto con los otros guerrilleros caídos en el combate de la Quebrada del Yuro o asesinados en la escuela de La Higuera.

Los años pasaron, las selvas cambiaron, también las circunstancias y los escenarios; pero yo continué encontrándolo. Lo vi en médicos que partieron hacia lugares remotos para salvar vidas, en maestros que llevaron la enseñanza donde parecía imposible, en jóvenes que aprendieron que la solidaridad vale más que el egoísmo…

Por eso, cuando alguien pregunta qué ocurrió realmente en aquellos días de octubre, respondo que en Bolivia no fue derrotada una idea, pues, mientras haya pueblos que sueñen con la justicia y existan hombres y mujeres dispuestos a defenderla, yo, la Libertad, seguiré recorriendo los caminos de América y del resto del mundo pronunciando su nombre; porque aquel 9 de octubre de 1967 no presencié una muerte, ese día nació el Che inmortal.

/lrc/

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