Las Tunas.- Cuando el sol de mayo iluminó la Plaza de la Revolución Mayor General Vicente García, no solo alumbraba el día; encendía el ánimo de un pueblo que parecía no tener fin. Las Tunas no solo desfiló; se volcó sobre sus arterias principales en una demostración de fuerza serena y determinación inquebrantable.
Desde la tribuna, la vista era imponente: un mar de pueblo que se extendía hasta donde la vista alcanzaba a distinguir los colores de la bandera. La marcha, compacta y vibrante, avanzaba con la cadencia de quien sabe que el momento histórico exige pasos firmes. Era el apoyo irrestricto a una nación que, ante el peligro y las amenazas externas, responde con la unidad de sus hijos.
Organizados en bloques ajustados, los sindicatos se convirtieron en protagonistas de la jornada. Cada sector trajo consigo no solo sus herramientas de lucha diaria, sino el espíritu de resistencia que define al tunero.
Los trabajadores de la salud y la ciencia, encabezando la marcha con batas blancas que resplandecían bajo el sol, simbolizando la vida en medio de cualquier asedio. El Sector Educativo y Cultural portando pancartas en las que el pensamiento se alzaba como el arma más poderosa de la Revolución.

Campesinos y Obreros Industriales, con las manos curtidas manteniendo en alto el compromiso de sostener la economía del país bajo cualquier circunstancia. Fue un clamor contra el asedio.
A medida que los bloques pasaban frente a la figura del Mayor General Vicente García, el ambiente se cargaba de una energía combativa. Los carteles no solo eran mensajes; eran escudos. En letras grandes y firmes, el pueblo condenó el bloqueo de los Estados Unidos, calificándolo como el obstáculo principal para el desarrollo y denunciando la política guerrerista que intenta socavar la soberanía nacional.
El grito de «¡Abajo el bloqueo!» no era una consigna vacía, sino un clamor nacido de la cotidianidad, del esfuerzo diario y de la dignidad de un proyecto social que se defiende con el alma.

El desfile fue una coreografía de patriotismo. Cientos de banderas cubanas ondeaban al unísono, creando un oleaje tricolor que cubría la avenida principal. Al transitar frente al monumento del León de Santa Rita, el paso se hacía más decidido, como si la herencia mambisa de «quemar la ciudad antes que entregarla» se hubiera transmutado hoy en la voluntad de construir y proteger la paz.
Al final de la jornada, cuando el último bloque de jóvenes cerró la marcha con la alegría propia de quien hereda una historia sagrada, quedó en el aire de Las Tunas una certeza compartida: frente a la plaza y bajo el cielo de Cuba, este mar de pueblo ha dejado claro que su destino lo decide su propia gente, caminando siempre hacia adelante, unidos y sin miedo.



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