En la tranquilidad de una sala que huele a libros y café, un viejo se reclina en su butacón con una radio entre sus manos. Él se prepara para disfrutar, desde esa bocina, su única compañía. Con el simple gesto de ajustar el dial conectará pasado y presente; pondrá el sonido más lejos del oído y más cerca del corazón.
Del otro lado estamos nosotros. Del lado de allá, está él, están ustedes, los cómplices de la primera hora y los confidentes de la madrugada. No los vemos, pero los sentimos. Los imaginamos.
A la señora que, con las manos en el fregadero y la radio en la repisa, realiza los quehaceres al compás de un boletín informativo. Al chófer que recorre la ciudad con el mapa de nuestras voces como brújula. Al abuelo en su butacón, cuyo horizonte se amplía con cada programa, cada canción, cada palabra que llega hasta su hogar, venciendo la distancia y el tiempo.
Cada jornada adivinamos la cara de quien, al escuchar una canción olvidada, deja caer la cuchara y se queda suspendido en el recuerdo. Los oyentes son la sombra fiel que nos sigue desde la guagua, la oficina, el taller o el balcón. Su único ritual es la escucha. Y en ese acto de fe, nos dan un lugar en la intimidad de sus vidas.
Ustedes, oyentes, le dan sentido a la alquimia de convertir el aliento en sonido y el sonido en compañía. Son la razón por la que afinamos la voz antes de salir al aire. El estímulo para investigar una historia más, para buscar esa pieza musical que creemos les hará sonreír, para mantener la calma cuando los técnicos señalan que hay un problema y seguimos «en vivo».
La historia no la hacemos nosotros con los guiones y las voces, la hacen ustedes, desde el otro lado, al convertir al equipo de radio en miembros de la familia, tal vez la única. Son un ejército de cómplices que no pide nada, excepto verdad y un poco de magia.
Así que, en este día, desde el lado de acá, solo queda decir en voz alta: Gracias. Gracias por encontrarse a diario con nuestra frecuencia. Gracias por permitirnos ser el hilo de voz que teje sus mañanas, tardes y noches. Gracias por ser, en esencia, la razón.
Al caer el Sol, la radio sigue emitiendo su onda; el anciano la aprieta como si sujetara una carta que ansiaba recibir. Tal vez entonces su soledad se haya disipado y se encuentre en otro mundo. Quizá sin la certeza de volver a despertar; pero con la gratitud de que el último, fue su mejor día.
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