Si usted está listo para ser juzgado, dormir poco, siempre andar a prisa…, esta puede ser su profesión. Si se emociona con el premio ajeno, se molesta con lo mal hecho y siente una necesidad imperiosa de decir la verdad, puede que haya encontrado su oficio.
Ser periodista es una labor para pensarlo. Solo puede entenderlo quién lleva en la piel ese sudor impoluto de la gente y su entorno. Y es que cada momento, incluso aquel que parece más insípido, puede marcar tu alma para siempre.
Así van, entre el sudor y la palabra, huyendo del triunfalismo y la hojarasca, nuestros colegas de las letras. Sobre sus hombros cargan, en proporciones similares, la curiosidad y una sed insaciable de informar al pueblo.
No es fácil, nunca lo ha sido, pero pocas cosas merecen tanto la pena. La imagen de un país, el rostro de miles de personas que encuentran entre líneas, efectos sonoros, fotos y señales radiotelevisivas, sus historias e inquietudes representadas, emerge sobre este trabajador cuando la misión se cumple con sacerdocio y verdad.
Cada jornada es un desafío, pero no importa; un periodista no teme a claroscuros, no lo detiene la burocracia ni los criterios contrarios y, si es auténtico, de esos que apenan duermen cuando un tema le late dentro, sabrá que la autocensura nunca podrá caber en su vocabulario.
Entre los vericuetos de una profesión variopinta y compleja, desandan estos valientes mosqueteros de la palabra. Antes lo hicieron con cámaras analógicas y grabadoras de casetes, en tiempos de rutinas marcadas por linotipos y diarismo. Ahora, con un lenguaje hipermedia que se cuela por todos los espacios, volviéndose una mujer u hombre orquesta: graba, filma, retrata, escribe…, llevando –cual persona multimedio- a páginas web y redes sociales, el fruto de sus desvelos.
“Para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulsos, tener la fe del pescador –y su paciencia-, y el ascetismo de quien se olvida de sí –de su hambre, de su sed, de sus preocupaciones- para ponerse al servicio de la historia de otro”, diría la argentina Leila Guerriero.
Y así, con el fuego de la vocación ardiendo en sus entrañas, va el periodista por la vida, cargado de preguntas infinitas y siempre insaciable; sacando tiempo (en medio del destiempo) para intentar decir algo digno, y con la esperanza perpetua de tocar –si sus pasos han llegado a puerto seguro- el cerebro y el corazón del público.
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