Las Tunas.- La veo ahí, en bata de casa y con ojeras casi tan grandes como su corazón. No se queja, siempre anda apurada, pero detiene su ritmo si le pido alguna cosa, aunque se incorpore enseguida a los quehaceres. Y entonces recuerdo; nunca es demasiado tarde…
Recuerdo su «cara de boba» cuando en la escuela sacaba una nota brillante; el trajín sobresaltado al embadurnarme de alcohol porque alguna fiebre no bajaba; o cuando me tomó de la mano siendo niña y, arropada con vestido azul y zapatos blancos como los de Nemesia, me llevó a la Casa de la Cultura porque «la niña quería escribir».
Recuerdo a la abuela, con su jaba repleta de dulces y los brazos abiertos, llegar hasta nuestra casa con una sonrisa tan hermosa que ni su muerte, años después, ha podido apagar. A la tía que no durmió aquella noche de hospital, cuando llegó mi hijo mayor al mundo y esos nervios de madre primeriza no me decían claramente qué hacer…
Hubo que aprender a ser madre: dormir poco, comer a deshoras algunas veces, esquivar los sobresaltos sobre la marcha y mirar al mundo, desde entonces, con otros ojos. Hubo que buscar fuerzas donde no las hay, dibujarse serena ante las pupilas del hijo y levantarse cada mañana dispuesta a «comerse el mundo» con la fuerza de ese otro corazón.
Yo no diré que somos heroínas (aunque lo somos), ni frases tan obvias como que «quien no quiere a una madre no quiere a nadie». Pero sí que somos mágicas, indetenibles, resilientes, corajudas, infinitas e incluso, impredecibles, si el bienestar de un hijo es lo que se encuentra en juego.
Es por ese amor, irredento e inconmensurable, es que entiendo los besos en la frente que mi compañero de vida le da a su abuela – madre, ante las lagunas mentales propias de su edad y las dolencias que acarrea esa etapa existencial. O los mimos de la hija para la princesa de casa, aunque a sus 83 primaveras no recuerde bien que hace solo un momento comió cake y ahora quiere helado con galletitas. O que mi pecho no entienda, aunque es la ley de la vida, que mi abuela ahora nos mira desde el cielo y tendré que conformarme, como dice la canción de Carlos Rivera, con recordarla siempre.
Mi madre ahora dobla la ropa absorta en sus quimeras. La observo de soslayo para no fragmentar esa armonía. Y es en este instante en que caigo en la cuenta: Ahora es que sé realmente lo que significa ser madre.
Ahora, cuando mis niños corretean risueños por el patio, mientras yo avivo el carbón para que coman a tiempo, o pongo a «correr» a las ollas eléctricas antes de que llegue la penumbra, si hubiera corriente. Ahora, que mis ojeras son casi tan grandes como mi corazón, siempre ando apurada, no me quejo con ellos (mis tesoros) y, aunque el mundo parezca un crucigrama, les regalo una sonrisa.
Mañana quizás no esté, pero quiero que recuerden siempre que no hay nada más grande en este mundo que el amor de una madre.
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