Si me preguntan por quién doblan las campanas diría, como John Donne, “doblan por ti”, pero hablándole al amor. Amor que llega como una crisálida a transformar realidades e interiores; que levita, sacude, perdona y enajena.
Por amor nos alejamos de la brutalidad del hombre cromañón; ignoramos impulsos primarios para cuidar a otra persona; sacamos tiempo donde no lo hay y hacemos de la vida un tamiz, si es necesario, para tener cerca a nuestros seres queridos y ser, además, nuestra mejor versión. Por amor sostenemos el pulgar que nos cambiará la vida, justo en el momento en que unas manitos pequeñas sostienen tu universo por primera vez.
Por amor escuchas, con la mayor dulzura posible, repetir a la abuela las mismas preguntas y parlamentos, porque el reloj de su memoria ya tiene flojo el andamiaje. O tomas del brazo, con pasos de jicotea, a quien en su juventud te llevó a horcajadas hacia la escuela. Lo mismo que das la sopa a la “princesa” de casa cuando sabes, como Arjona, que tu novia se te está poniendo vieja.
Por amor sobrevives al silencio de un coma prolongado, te levantas de madrugada (aun en tiempos de frío) para ir hacia el trabajo y llevar los frijoles a tu casa; o permaneces hasta muy tarde frente a la computadora para que los pequeños que duermen cerca de ti tengan siempre un bocado que llevar a la boca. Por amor te reinventas; sacas fuerzas donde no las hay; acompañas aún en los momentos más duros; escuchas, abrazas…
“Solo el amor engendra la maravilla”, dijo Martí, el sabio. Amor para llegar a los rincones más insospechados y poner la vacuna que salvará una vida. Para llorar cuando la campana bajo el pecho de un paciente dejó de vibrar, a pesar de todo.
Para repetir una y otra vez, a riesgo de perder la paciencia, lecciones frente a un aula; llevar tu arte, a sabiendas de que no es algo material, ante aquel que lo ha perdido todo por ráfagas de la vida, o compartir tu patrimonio con algún dignificado tras el paso perturbador de un huracán.
El amor es la fuerza que forja los cimientos humanos y también el que los remueve, de ser necesario. Más allá de cualquier fecha u oropel, es el sentimiento que une, con pegamento invisible, todas nuestras esencias.
Hoy, que ha llegado el día para gritarle al mundo gracias a amor, volvamos a transitar ese camino que nos lleva a su pureza. No es perfecto, nadie ha hablado de eso, pero hace que los días valgan la pena. Gracias amor, por hacernos humanos y felices; por inyectarnos fuerzas y remanso; por ese brillo transgresor que brotan de nuestras miradas y, especialmente, por enseñarnos que no todo está perdido y que siempre, absolutamente siempre, existen razones para vivir.
/lrc/




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