Cultura

El cosificador, ese golpe de luz a la conciencia colectiva 

El cosificador, ese golpe de luz a la conciencia colectiva 
Foto de la autora.

Las Tunas.- Si un hombre recorre tu ciudad, vestido escasamente con una rústica saya de cartón, cargando una red que, a cada paso, se va llenando de objetos diversos y, al unísono, ese mismo hombre lanza al viento frases cargadas de espiritualidad, mientras una especie de mayoral lo azota de vez en cuando y un arlequín se ríe burlesco de él, la ciudad que le observa –por instantes- se paraliza…

El performance El cosificador va sobre eso, y mucho más. Versa sobre las esencias humanas, es un llamado a mirarnos por dentro, para dilucidar esa relevancia que a veces les damos a las cosas materiales en detrimento del amor y lo verdaderamente imperecedero.

Yury García Fatela encarna al personaje protagónico del performance, presentado durante la jornada de intervenciones urbanas La Pupila Archivada. Cerca de él –además del bufón y el mayoral- pululan otros personajes, en correspondencia con el mensaje de la obra: un joven imbuido en la seducción tecnológica, una mujer cuyo cuerpo y belleza usa de anzuelo para atraer dinero (aunque sabemos que –como dijo Martí- el búcaro no debe ser más hermoso que la flor), otros que aluden a la superficialidad de la moda y “Don Dinero”… ¡Tantas lecciones!

Yury camina arrastrando el peso de los objetos cuyos conceptos le superan. La disyuntiva entre ser y tener golpea nuestras miradas. Al derredor, las personas observan, ríen, señalan, se preguntan… No todos entienden, pero algo cambia por segundos en el alma de nuestra ciudad.

Un hombre que recién me propuso en pleno bulevar covers y micas, lo interpela frente al Centro Cultural Huellas. Por su actitud, bien parecía en ese instante otro personaje. “Yo creo en Dios”, alcancé a escuchar que le dijo al actor principal entre la algazara de voces curiosas.

Yury sigue caminando y, a cada paso, el peso se torna literalmente mayor, pero él no claudica… Ni siquiera ante la esfera de cemento del tamaño de una pelota de baloncesto, que carga sobre sus hombros; ni siquiera ante el termo de café, el celular o las múltiples cajas que ponen los demás personajes sobre la red que pende de él; ni siquiera cuando colocan a la joven vestida de papel también ahí, en la red que –más que nada- parece una red de vicios, pecados, vanidad…

“Dale, dale, yo sé que tú no puedes”, le dice el mayoral con insistente malicia. “Jajaja, no puede”, reafirma el arlequín; ambos con una actuación tan creíble que una –como parte del público- llega a cogerles odio, lo confieso.

Yury cruza el paso peatonal entre la tienda Casa Azul y el Banco Popular de Ahorro. Llega bajo un sol de mediodía que resalta las huellas que van dejando los azotes, la red y la fuerza visceral, sobre su cuerpo. Hay quienes siguen sin entender los códigos y hasta los creen exagerados, pero el arte que normalmente impacta y se recuerda suele tener fuertes símbolos y matices.

Pasa ahora justo al lado de la parroquia San Jerónimo de Las Tunas. Los objetos empiezan a caerse. Aumentan las palabras ofensivas y risas burlonas de sus victimarios. “Jajaja, no puedes”, se escucha con insistencia. Yury escudriña dentro de las cajas que sostuvo hasta aquí y demuestra que todo es pacotilla, pero a ellos no les importa; están ciegos por sus carencias espirituales.

Cae un cartel al piso, el mismo que sostuvo el protagonista hasta ahora, colgado del pecho. En la cartulina, claramente se lee una frase martiana: “Mucha tienda, poca alma”. Y cuando los inquisidores y hasta las personas del público pensaban que no podía más, él se levanta…

Ya se percibe la fachada del Hotel Cadillac (a estas alturas todo es cinematográfico). Y allí, justo al lado de la escalera para subir al bar, una mujer y un perro, un perro y una mujer. Ella, una de esas deambulantes que merodean por nuestra ciudad. “Él”, un can negro tan callejero como su compañera de reales desgracias.

Yury le extiende la mano, desprovista de todo prejuicio y discriminación. La señora le ofrece su mano sin dejar a un lado la jaba de cubalse repleta de pomos vacíos que sostiene. Ella sonríe, mientras él –mirando ahora a los espectadores- desde una postura agachada como quien va a colocar un anillo de compromiso, y sin soltarle la mano a la mujer, nos dice: “¡En el amor está la esperanza, en el amor está la fuerza!”.

«Lo esencial es invisible a los ojos…»

Yury abre los brazos para enfatizar el mensaje. Su rostro es un poema desgarrador y profundo. Bajo la cobija del Cadillac, algunas miradas se escapan curiosas; entre “ellas” y los artistas pende un cartel que resume la esencia de la obra, con una frase de Borges: “Es tan triste el amor a las cosas; las cosas no saben que uno existe”.

Segundos después, Yury finalmente se desploma y, con sus últimas fuerzas, sin apenas poder levantarse del pavimento, toca el cartel con la frase aleccionadora. El mayoral pone un pie sobre su cuerpo en el piso, totalmente boca abajo; el arlequín sonríe burlesco, pero a Yury nadie puede quitarle el cartel y, sobre todo, la convicción de su significado. Llegan los aplausos.

Mucho hay que procesar tras el periplo de estos jóvenes artistas por el centro de la ciudad. Sin embargo, los alrededor de 20 minutos que duró la presentación nos bastaron –a quienes observamos con detenimiento- para volver sobre la disyuntiva de Hamlet: “Ser o no ser”. Los artífices de El cosificador no solo fiscalizaron cosas; también arrastraron realidades que versan sobre el consumo y la deshumanización.

“Esta gente sí está loca”, dijo una joven evidentemente consumista una vez terminada la obra, justo a mi lado. “No están locos; son artistas”, le dije yo. Eso también lo logra el performance: provocar…; algo que a veces se torna necesario.

Yury se aleja aún con la escasa vestimenta de cartón (que terminó sosteniendo con sus manos por el agotado trajín). Ya no carga sobre sus hombros aquella esfera de cemento, de esas ubicadas como delimitadoras en el bulevar y rota por indisciplinas sociales. Aquí los símbolos importan; quien tenga oídos que oiga… Y, aunque a algunos les pareciera solo una puesta de teatro, pura ficción, El cosificador es mucho más: sencillamente caminaron por esta ciudad varios de nuestros pecados.

Yo, no me quedo con quienes juzgan por desconocimiento o algo más trivial, ni siquiera con aquellos que cuestionan el enorme esfuerzo físico realizado por el protagonista en su itinerario o los azotes no tan simulados (¡Qué buen arte no merece tal sacrificio!). Me quedo con el impacto irreverente, con la verdad estrujada a gritos en la conciencia colectiva, con el abrazo a Martí desde el mar arrasador de sus palabras, con la provocación al espíritu y, sobre todo, con la sonrisa de Yunaris (la deambulante) y su rostro de felicidad cuando se marchaba por la calle Colón, sintiéndose parte de algo más, mientras decía al perro cómplice: ¡Vamos, Negrito!

/abl/

 

Deja un comentario