Por aquello de saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, hay que acudir, una y otra vez, a hechos y acontecimientos de la historia patria que definieron la voluntad, el carácter y la intransigencia de este pueblo.
Entre esos sucesos, uno marcó para siempre la voluntad de no rendirse, por muy difíciles que fueran las circunstancias y el poder del enemigo. Sucedió en momentos en que todo parecía perdido y, ante el nuevo contexto, es necesario evocarlo con mayor fuerza que nunca.
Aquel grito de ¡No nos entendemos!, expresado a toda voz por Antonio Maceo en la histórica Protesta de Baraguá, escenificada el 15 de marzo de hace 158 años, vuelve hoy a resonar y a marcar el rumbo que definió una nación hace ya mucho tiempo, cuando juró ser un eterno Baraguá.
Habían transcurrido diez años de dura batalla en la manigua por alcanzar la independencia del yugo colonial español. En ese tiempo surgieron divisiones y claudicaciones. La falta de liderazgo, de unidad y de un mando único por el lado nuestro, así como la sapiencia y capacidad del adversario, fueron causas que condujeron a pactar con el enemigo sin lograr los principales objetivos del primer grito de libertad.
Ante aquel estado de cosas, el líder oriental se encontró con el general español, quien no solo comandaba sus tropas, sino que además salía victorioso de una estrategia muy bien definida y pensada. Al patentizar su desacuerdo, Maceo no solo salvaba la honra; también marcaba un antes y un después en la memoria de la nación.
Transcurrido más de un siglo y medio de aquel acontecimiento, su eco vuelve a retumbar. El mismo enemigo que nos arrebató la victoria de las manos —cuando, treinta años después de Baraguá, la teníamos casi alcanzada— arremete hoy con más fuerza que nunca para lograr su objetivo: apoderarse de la nación.
Como lo fue para Maceo, hoy la tarea es de grandes. Por eso es necesario recordarles a los flojos de adentro que respeten y a los envalentonados de afuera que no olviden que, como en Baraguá, mientras quede un cubano digno ni la libertad ni la independencia se negocian, y la palabra derrota está abolida de nuestra concepción de lucha.
La Protesta de Baraguá, acontecida el 15 de marzo de 1878, vuelve a martillar en la conciencia colectiva de un pueblo. Corresponde a ese pueblo ser consecuente con el legado y la memoria histórica de la nación.
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