Fisonomía de los vocablos
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Fisonomía de los vocablos

Al inicio de todo, cuando no existían las palabras, y las señas o los dibujos componían el universo comunicativo, las contradicciones bien podían ser resueltas a manotazos limpios o por la aplastante fuerza de una piedra. Quizás algunos de los primeros vocablos estuvieran relacionados con el trabajo, dado que en este proceso el ser humano interactuaba con sus semejantes y era muy difícil en medio de la caza, ir a tocarle el hombro al compañero para decirle que el venado estaba quieto.

¿Cuáles son las palabras más simples que conocemos? ¿Ven, ya, anjá? Quizás alguna de estas fundó el espacio idiomático. A su encuentro vinieron probablemente los sustantivos, para darle forma a las cosas y pintarlas con un nombre; los adjetivos tenían que surgir también. Un mundo sin palabras descriptivas carecería de sueños, de subjetividad. Así las cosas serían separadas, elegidas, creadas siguiendo un gusto.

¡Qué fiesta tan despampanante la de los adjetivos; se desplazan desde la rudeza hacia lo divino con una facilidad increíble! Y retornan, juegan con los sustantivos, los maltratan, los ensalzan o simplemente los dejan solos.

La acción, el movimiento, la energía vendría en forma de verbo y los adverbios completarían la elocuencia y se moverían por el idioma como la dama en un tablero de ajedrez. Al ser creados se les permitiría relacionarse con casi todos, excepto con los sustantivos. Por eso en noches de frío se les ve abrigando sensualmente a los adjetivos y verbos, o prender una fogata para en la soledad de la noche encontrar el calor.

Las palabras se mezclan como condimentos en una receta, todo fluye tal cual un experimento, aunque así como el vinagre y el aceite en la cocina se contraponen, hay vocablos que no se arriman a otros; es algo de orgullo intrínseco del lenguaje. Es tan llamativo que incluso palabras semejantes transitan separadas por el idioma o definan solo una etapa en nuestras vidas.

Es así como “lo lindo” y “lo bonito” quedan perplejos ante la grandeza de lo “atractivo”, “exuberante”, “exótico” y estos a la vez sucumben ante “lo apasionante” o “lo embriagador”. Como cartas cada palabra es usada tácticamente y nos esforzamos por encontrar la mejor solo para quienes así lo merecen.

Entonces si un niño juega la carta de “lo bonito” con nosotros lo disfrutamos tanto como si un adulto nos definiera de “extasiante”; en cambio caemos al abismo cuando nos empujan los términos “ridícula”, “desquiciante” o  “estúpida”. El manotazo de nuestros antecesores cobra más fuerza ahora en sonidos y letras, hay quien jamás logra levantarse de uno de estos.

Hay palabras más cómodas para andar ligeros, como aquella ropa vieja que siempre nos viene bien luego del baño. Nuestras aliadas de siempre, esas que a pesar de su simpleza nos salvan de detener un discurso por no encontrar otras más solemnes o rebuscadas.

Otras palabras nos sofocan, son un tanto pesadas y las empleamos en situaciones especiales, como cuando compartimos entre un grupo de científicos las características del ácido desoxirribonucleico de un ser humano o leemos una novela barroca de Carpentier. Estas nos llenan el alma de mariposas, marcan los límites de nuestro intelecto y nos incitan a competir.

Hay gente, sucesos, experiencias que ameritan neologismos, cuando eso nos sucede, cuando intentamos encontrar la carta adecuada y no la encontramos a pesar de tener la mano llena de buenas opciones, hay un impacto. Por supuesto, para bien o para mal.

Puede suceder que una palabra nueva, diferente a todas las que conocíamos nos seduzca y la enamoremos al punto de no dejarla ir jamás. Nos vestimos con ella, nos perfumamos, la exhibimos sutilmente para que los demás sepan que la poseemos y la alzamos como trofeo de victorias aunque pocos entiendan tanta euforia.

Te hablo con palabras, te toco con ellas, te visto y desvisto, te empujo al abismo, te seduzco y si aún no sabes cómo me veo y te has sumergido en mis placeres, entonces contigo usé las adecuadas.

/mga/

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