Él es porque tiene el derecho
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Él es porque tiene el derecho

Cuando llegó a este mundo el último día de un mayo común le fueron asignados los dones y las oportunidades, esos que hasta hoy le han sostenido una existencia nunca fácil, pero su naturaleza de luchador y ese optimismo tan cubanísimo lo hizo llegar hasta aquí.

Aún aprieta a su pecho los recuerdos del campo donde fue feliz, aunque sufrió tantas veces por las insatisfacciones de una crianza machista y hasta absurda, pero allí, en medio del monte, conoció las primeras lecciones con una maestra joven, segura. Allí vio renacer a Cuba y despojarse de tantas miserias humanas.

Y la vida le forjó las manos con su antojo y ese guajiro que hoy es magnate del trabajo comenzó a descifrar otros horizontes y hasta caminó al lado de las principales figuras de la Revolución, sin perder la simpatía natural del cubano, sin olvidar jamás quién era o de dónde le venía el arrojo.

Las tantas veces que su salud se quebró encontró la atención profesional y segura, esa que hoy también compensa su diabetes y las consecuencias de su vida agitada y dura; esa que le provoca enojos irreverentes cuando descubre que alguien se nos pierde por el camino del facilismo y se atreve a vulnerar derechos.

Y en medio de un país de muchas mareas aprendió a ir por ese sueño de felicidad, mientras forjaba su familia y sus hijos quedaban seguros en escuelas de pueblo.

Los que más de una vez se sonrojaron de orgullo cuando lo vieron poder decir y hacer desde su postura política, porque cada hombre tiene el derecho a ser libre para pensar y profesar.

Y las picardías de la vida lo llevaron por muchos caminos. Lo hicieron elevarse y caer, levantarse y volver; dudar, seguir; caminar por esa senda que ha sido más azarosa que grata, pero siempre libre.

Se refugió en el derecho a dar lo mejor de sí, y, otra vez, volvió a comenzar con un montón de insatisfacciones agotando su andar, pero jamás vencido, porque él sabe que las esencias siguen intactas y con sus lentes de 62 logra mirar el camino viable que necesita su país, su gente: trabajar con inteligencia, amor y sin cansancios vacíos.

Jamás se sentó a esperar en la esquina donde, hoy, hay quienes aguardan y pierden la suerte de atreverse a ser.

No juzga al que surca olas o emprende vuelo y detrás deja parte de su historia, pero nunca su identidad, porque es como la genética que no se pierde jamás.

Y aunque se irrite porque sabe que nos lastiman las tintas a medias que no logran ser multicolor, aconseja decir y hacer, provocar la reflexión y no la agitación.

Su reloj sigue indetenible, y ahora lo sorprende esa tecnología que despierta motivos, que se asienta y da nuevos conceptos, que dibuja el mundo del lado de allá de su ventana marxista.

Pero presiente que no podemos vacilar, porque ya se nos vuelve adulto mayor aquel sueño concretado en el enero descrito en imágenes de antaño y cada día es un comienzo, mientras no deja de abrazar el más valioso de todos sus derechos el de ser digno hasta el fin de sus días.

Ángel disfruta el mejor derecho que puede tener un ser humano, el derecho a ser.

/nre/

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