Las Tunas

Dí­a a dí­a de los campesinos, con muchas responsabilidades

Dí­a a dí­a de los campesinos, con muchas responsabilidades
Foto/ Yaidel Miguel Rodrí­guez Castro.

Las Tunas.- El canto del gallo se siente lejos y de repente, un poco más cerca. No es necesario abrir los ojos para mirar la pantalla del teléfono y saber qué hora es. El cuerpo, con su reloj biológico, habituado a las mismas rutinas, recuerda que fuera de la tibia cobija, esperan muchas faenas.

Ese es su dí­a a dí­a, desde las primeras horas de la madrugada. Si hace calor, ahí­ estará, empapado de sudor y del rocí­o que humedece la ropa y el cuerpo. Si el tiempo es frí­o, lo mismo. Se envolverá en más de una prenda y también irá a las corraletas a ordeñar las vacas o al campo, a aprovechar las primeras horas del dí­a.

Para los campesinos, los miércoles no se distinguen de los viernes ni los domingos. Incluso, las más de las veces olvidan que la jornada tiene 24 horas o que los 31 de diciembres son el último dí­a de cada calendario. En su quehacer diario no caben almanaques ni descansos robados a la luz del sol.

Luego del buchito de café caliente y amargo, desafí­an la oscuridad y las alimañas del campo para garantizar vida desde las ubres de las vacas recién paridas. Tras cada chorro, las manos duelen y parece que desfallecen. Sin embargo, una fuerza invisible impulsa a no claudicar.

En el campo, los sembrados parecen enormes, entre las sombras; y el amanecer despierta a las aves y las convida a volar, como vuela la mente de los hombres y las mujeres que en Las Tunas producen alimentos y hacen de sus dí­as momentos placenteros, entre el verde, el viento y la esperanza.

Vivimos dí­as difí­ciles; para ellos también lo son. Y entre tanto estrés pudieran rendirse y hacer como otros, recoger sus pertenencias e irse a la ciudad o a un poblado, aprender un oficio y usar zapatos limpios. Pero se quedan porque así­ hicieron sus padres y abuelos y porque ahí­ se saben ítiles y, especialmente, necesarios.

Generación tras generación, los campesinos hacen florecer la tierra y se adueñan de la herencia oral, de los cuentos y la experiencia; de los saberes y los éxitos; de la voluntad y la generosidad con los más vulnerables; y de vergüenza y compromisos, conscientes de que el éxito no es casualidad, sino el resultado del esfuerzo constante.

/mga/

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