Carbonero, hasta que Dios quiera
Orlando Batista Salas confiesa que hacer carbón es un trabajo duro pero con resultados gratificantes. (FOTO/De la autora)

Carbonero, hasta que Dios quiera

Las Tunas.- A simple vista, Orlando Batista Salas no parece lo que es. Claro que es un hombre joven, decente y responsable. Pero, es un destacado productor de carbón vegetal y eso, no se nota en sus ropas limpias, sus manos sin tizne y su rostro sin sudor.  Lo conocí casi por casualidad en la Empresa Agroforestal de Las Tunas a la que está vinculado desde la comunidad en la que reside, Laguna Blanca, en el municipio de Jesús Menéndez.

Habla poco, aunque sus palabras muestran el orgullo que siente por esta profesión pues de sus manos nacen trozos negros que van a parar a chimeneas, hornos y parrillas del continente europeo, fundamentalmente.

«Llegué al mundo del carbón por mi papá que era carbonero. Él se retiró en la actividad. Desde niño estuve trabajando con él y me llamó ese mundo; que es difícil; pero, no tanto».

Poco a poco narra sus rutinas, las de cada día, las de las madrugadas de sueños a ratos, las de la vida…

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«Llevo 23 años haciendo ese oficio y me gusta. Domino la forma de hacer el carbón y me siento cómodo. No tengo miedo a ninguna especie, ni siquiera al marabú. Yo corto la leña, la tiro, armo el horno y lo saco. Chapeo la hierba que me hace falta y si no hay, busco paja de caña. Todo lo hago yo.

«Me tiro a las 4:00 de la mañana cada día y empiezo a luchar con los bueyes porque tiro los troncos con carreta.  Temprano parto para el monte y lo voy armando por las tardes. Siempre trato de terminar el horno del día 10 al 12 para que me dé tiempo a salir en el mes».

Los mosquitos, la falta de luz natural y el sueño son grandes retos para un carbonero. Sin embargo, él no les teme.  Más bien se adapta y lo disfruta porque «ya es la experiencia.

«En la noche yo le cojo la vuelta. Lo cargo al oscurecer y sé que a las 12 tengo que volver porque ya debe estar pidiendo carga. A esa hora me tiro, lo toco en la corona y si está medio blandito lo tapo con su carga.  Sé que hasta las 4:00 o las 5:00 de la mañana no vuelve a pedir más.

«Los hornos duran en dependencia de la cantidad de madera. Si son 10 viajes de leña, para 100 o 120 sacos son de siete a ocho días en candela. A veces los hago de 20 viajes y es el doble de los días y el doble de la producción.

«Al final se destapa para quitar la basura quemada y se pone tierra fresca para que se vaya apagando.  Por lo general, sacamos el carbón por la noche, que es cuando se ve la chispa de candela porque de día da mucho trabajo».

Orlando todavía es joven. Sin embargo, tantos años dedicados a una actividad tan dura, lo hacen sentirse un consejero.

«A los jóvenes les digo que no le tengan miedo, eso no es difícil, solo es cogerle la vuelta. Es fuerte para quien comienza; pero, después se acostumbran. Y el hecho de ser carbonero no me limita, soy un joven como los demás.  En el trabajo estoy sucio; pero, en la calle ando limpio como quien no hace carbón. Este trabajo lo pagan muy bien.  Hay posibilidad de comprar las cosas».

Lleno de orgullo se muestra este carbonero.  Las horas en vela, el calor y los arañazos en la piel son poca cosa ante su voluntad, la que impone a su trabajo y sugiere a los demás porque vale la pena para el productor y para la economía del país.

«Yo seguiré haciendo carbón hasta que Dios quiera».

/nre/

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