La historia de mi casa
Opinión

La historia de mi casa

En casi todos los hogares cubanos ha faltado alguna vez el detergente, la pasta, el jabón, el pollo. Cuando éramos pequeños veíamos todo como una aventura, claro, en dependencia de cómo actuaran en el día a día nuestros padres.

Si faltaba el detergente, mami echaba un poco en un pomito con agua, buscaba una esponja y así se multiplicaba su tiempo útil. En el caso de la pasta dental solo había una solución: recortarle su parte inferior y limpiar a base de cepillo las paredes del envase. Ella me cuenta de unos jabones verdes que salían de los centrales –no entiendo si eran de azúcar o no, pero resolvían-, sin contar las hazañas de la sosa cáutica. El pollo vino a relevar al pescado de su guardia y si no, el picadillo, el huevo en infinitas presentaciones y la croqueta bendita que aborrecemos en momentos de sed.

Siempre mami con una sonrisa sacaba la solución como conejos dentro de un sombrero. Mi casa no era particular, esos conjuros se extendían como estrategias de supervivencia en muchos hogares.

La analogía de la casa que sutilmente detalla Tony Díaz en su canción, viene como anillo al dedo hoy. Porque cada casa cubana es reflejo de nuestro país. Desde nuestra disposición por organizar todo y hacer con nuestros adornos humildes, un paraíso; hasta la prestancia para hacer café cada vez que llega una visita. Así somos.

Muchos han sido los avatares que hemos enfrentado en nuestro camino. Por allá por 1898 como nos explican en la asignatura Historia de Cuba, la contienda bélica contra España casi estaba vencida. La guerra necesaria rendía sus frutos pero no podía prevenir el drama que pronto se le añadiría a nuestra novela.

Disfrazado de cordialidad, el imperio con delirios anexionistas que ya había incorporado a su geografía el territorio de la Florida (perteneciente a España), Louisiana (perteneciente al imperio Napoleónico) o Texas, en México, se aproximaba a Cuba para abrazarla con sus poderosas extremidades.

Así nos tendió sus manos para «salvarnos» de la España malvada que había incendiado en febrero de 1898 el cordial navío El Maine de la Marina de Guerra Americana, que de forma sorpresiva flotaba en la Bahía de La Habana para «salvaguardar a los cubanos».

Rápidamente, sin darnos cuenta, el caldo de cultivo era ideal para barrer del mapa a la nación europea y entrometer sus narices, siempre claro, «para abrazarnos con su cordialidad». ¿Hasta dónde llegaron las ansias de «protección» que se vislumbraban en la época de Jefferson? ¿100, 200 años después?

La memoria histórica de nuestros vecinos es fuerte, pero la nuestra también. Qué hubiera sido de nosotros si nuestros padres fundadores hubieran sido otros y no Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Martí. Al parecer la cuna de la nacionalidad hereda genes de forma precisa, porque tanto tiempo después sólo cambian los protagonistas de la novela.

¿Si no, por qué en febrero del 62 del siglo XX a Kennedy se le ocurriría firmar el creativo embargo hacia Cuba? La fruta madura no acababa de caer del árbol, había que arrancarla de cuajo. Pero no caía. Entonces nos convertimos en el entretenimiento de nuestros vecinos. Eso daba dinamismo a su novela, la hacía más interesante, más dramática.

Nadie puede decir que desde que somos nación nuestra historia es fácil de contar. Pero sí es cíclica, cada cierto tiempo se repite. Y ahora ideamos soluciones como las de mi mamá en casa cuando faltaba detergente o pollo, para que el daño fuera el menor posible. Y todo por la falta de combustible que no llega como debería por el empeño del gobierno de Estados Unidos y su bloqueo.

Pero a mami no había cosa que le gustara más que agradeciéramos su esfuerzo, a pesar de que el picadillo no quedara con todas las de la ley, como decimos en el argot popular.

Lo cierto es que nuestra casa a veces puede verse apretada, calurosa en extremo, un poco maltratada por la falta de remodelación pero es la nuestra, aunque estemos en otra. Seguirá siendo allí donde aprendimos a vivir bajo la magia, el invento de conjuros y las novelas dramáticas, siempre para avanzar un poco más.

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