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Museos a cielo abierto: retos y realidades

Las Tunas.-Desde los inicios el hombre ha tenido la necesidad de comunicarse. Las primeras manifestaciones de arte las realizó en los mismos lugares donde vivía: las cuevas. De cierta forma el hecho de no haberlas emplazado a la intemperie garantizó su preservación hasta nuestros días. En los tiempos actuales, uno de los principales retos que tiene la humanidad es precisamente la preservación del patrimonio cultural emplazado en espacios públicos, expuestos a la acción del medio ambiente y también del propio hombre.

Cierto es que el patrimonio cultural está cada vez más amenazado de destrucción, no sólo por las causas tradicionales de deterioro; sino también por la evolución de la vida social y económica que las agrava con fenómenos de alteración o de destrucción aún más temibles, entre ellas las guerras. El deterioro o la desaparición de un bien del patrimonio cultural constituyen un empobrecimiento nefasto para los pueblos. De ahí que entre los retos que tenemos como guardianes de estas piezas de alto valor figura la protección de esos museos a cielo abierto.

Cuando hablamos de patrimonio arquitectónico nos referimos a un edificio, a un conjunto de ellos o a sus ruinas que, con el paso del tiempo, han adquirido un valor mayor al originalmente asignado y que va mucho más allá del encargo original. En nuestra ciudad tenemos varios exponentes: la Casa de Piedra, las ruinas de la casa vivienda de la Finca El Cornito, por solo citar algunos. Entonces, cuando hablamos de valor este puede ser cultural o emocional, físico o intangible, histórico o técnico.

Por su parte los monumentos, del latín monumentum, devienen recuerdo, una inauguración conmemorativa, o una ofrenda votiva. Son las obras con suficiente valor para el grupo humano que lo erigió. Para tener este calificativo debe ser pública y evidente.

Inicialmente el término se aplicaba solo a las estatuas, inscripciones o sepulcros erigidos en memoria de un personaje o de un acontecimiento relevante, luego su uso fue extendiéndose y ha llegado a comprender cualquier construcción que posea valor artístico, arqueológico, histórico o similar que, enclavadas en un núcleo urbano o aisladas en el medio rural, cumplen la función de hito por su visibilidad y se convierten en símbolos de ese lugar.

En el andar cotidiano nos convertimos en usuarios de esos museos a cielo abierto. Con la vorágine del día a día muchas veces no nos percatamos que los monumentos emplazados en plazas y parques se asumen como parte de nuestros usos sociales, nos asimos a ellos casi inconscientemente y en este acto innato obviamos, que de cierta manera, contribuimos a su paulatina destrucción. Y es precisamente ahí donde deriva la necesidad de enfocar esfuerzos en una constante educación hacia una mejor y más oportuna política cultural, y por ende enriquecer nuestro propio acervo cultural.

Contemplar la belleza de los monumentos enriquece el espíritu, descifrar los códigos arquitectónicos constituye un verdadero ejercicio de aprendizaje cognitivo; pero ¿qué sucede cuando en ese ejercicio de aprendizaje contribuimos inconscientemente a su destrucción?

Actualmente el vertiginoso desarrollo de la sociedad impone un ritmo, que en la mayoría de los casos, nos abstrae por completo. Todos coincidimos que la espera en una larga cola agota, y ese cansancio físico puede llevarnos a sentarnos en las gradas de un monumento como ha sucedido en el busto a Federico Capdevila emplazado en el Parque Vicente García de nuestra ciudad.

Querer tener un mejor ángulo visual en un paseo carnavalesco -en las fiestas populares- puede conllevarnos a subirnos en bancos de parques y plazas, o en los propios monumentos con el sano hecho de hacer una mejor fotografía para inmortalizar esa manifestación del Patrimonio Cultural Inmaterial para la posteridad. Y es ahí donde, por tratar de inmortalizar un patrimonio, contribuimos a la destrucción de otro: ambos con derecho a preservarse. Y es aquí donde entran las normas cívicas de comportamiento social.

En el prólogo de la Carta Internacional sobre la Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios fechada en 1964 en Venecia dice: “Portadoras de un mensaje espiritual del pasado, las obras monumentales de cada pueblo son actualmente testimonio vivo de sus tradiciones seculares. La Humanidad, que cada día toma conciencia de la unidad de los valores humanos, las considera como un patrimonio común y, pensando en las generaciones futuras, se reconoce solidariamente responsable de su conservación”.

Esta reflexión nos aproxima a la necesidad de ser consecuentes con la protección de nuestra identidad cultural y a la conservación del patrimonio. Ello requiere de un examen crítico del pasado, de la misma manera que su práctica exige una previsión de futuro.

Muchas veces vemos las gestiones de salvaguardia como actuaciones de un grupo específico, y ciertamente -si de normativas hablamos- ese es un punto de vista correcto. No obstante, si vamos a ampliar un poco más el diapasón interpretativo, nos compete a cada uno de nosotros tomar conciencia de nuestras actuaciones y reflexionar sobre qué queremos preservar para las generaciones futuras. De las decisiones de ahora, dependerán las acciones del mañana.

Por: Vicente Ignacio Álvarez Morell

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