Marilys y su paraíso natural
Los hombres y mujeres del Jardín Botánico de Las Tunas cuidan como a sus hijos a las plantas y árboles que allí crecen. (FOTO/De la autora)

Marilys y su paraíso natural

Marilys Pérez Díaz es una de las guías del Jardín Botánico de Las Tunas. En otros tiempos sin pandemia estaría rodeada de visitantes curiosos, respondiendo las preguntas más interesantes y mostrándoles, con el entusiasmo que la caracteriza, las creaciones de la naturaleza y de sus manos, claro está.

“Yo trabajo en la nave de propagación, desde aquí limpio, riego, cuido las colecciones y si hay que vender, vendo también”, dice Marilys sin detener su paso. Solo atino a reconocer sus ojos, porque su cabello está resguardado bajo un sombrero y el resto de sus facciones se esconden tras el nasobuco.

La pasión por las plantas no es algo que se queda en ese espacio, de hecho como una especie de suerte la condujo hace seis años a la labor que hoy desempeña; pero la casa de Marilys no parece un jardín, más bien un vivero.

“Me encantan. Lo primero que hago cuando me levanto es atender mis plantas. No tengo muchas ornamentales porque mi patio lo he diseñado para obtener comida. Ya he cosechado plátano vianda y fruta, ají arroz con pollo, pimiento, guineo manzano, burros de diferentes variedades. De a poco tomo un cebollino y dejo que con el tiempo se recupere, pero yo misma me abastezco gracias a mi siembra”.

Los hombres y mujeres del Jardín Botánico de Las Tunas cuidan como a sus hijos a las plantas y árboles que allí crecen, los ayudan a germinar, cambian su sustrato cuando es necesario, podan su follaje y notan enseguida cuando algo no anda bien; esto último sería razón suficiente para que su día les cambie.

“Hay que picar la estaquita, quitarle las hojitas y ponerla; pero si usted le da un machetazo y lo coloca como quiera, no se le da. Debe tener su buen sustrato; nosotros descomponemos el estiércol de carnero y de vaca, de ahí hacemos una mezcla con arenón y tierra vegetal. Luego hay que regarla porque esa estaca no se goza sola, no le puede dar mucho Sol. Es como un bebé recién nacido, hay que atenderlo, si no se muere.

“Me da un dolor terrible que las personas digan «mata»”, confiesa Marilys. Es evidente que sufre la falta de sensibilidad de algunos al visitar un sitio tan bien cuidado como el Jardín Botánico, donde se puede respirar buen aire y pasión por la naturaleza.

“Muchas personas dicen que para qué venir a ver matojos, y yo les respondo que no saben el sacrificio que implica velar por estas plantas; hay tantas colecciones que no conocen. Desde que amanece hasta que oscurece permanecemos aquí para protegerlas”.

Marilys Pérez Díaz mientras conversa conmigo escudriña sus uñas y reconoce que el trabajo de estos días no le ha dado tregua para tenerlas como prefiere, pero al instante las sacude y sonríe porque su paraíso natural agradece, en forma de retoños y flores, tanta entrega.

/mga/

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