Un valeroso joven cubano: desde los campos de caña hasta la Guerrilla del Che
José María Martínez Tamayo (FOTO/Internet)

Un valeroso joven cubano: desde los campos de caña hasta la Guerrilla del Che

José María Martínez Tamayo, el hombre más fuerte de la Guerrilla del Che Guevara en Bolivia –al decir de muchos-, nació el 31 de marzo de 1936, hace 85 años, en la antigua provincia cubana de Oriente. En el territorio de Mayarí, desde niño compartió con jornaleros jamaicanos y haitianos que hacían prósperos los latifundios azucareros de la zona.

Aunque era un chico inteligente, sólo pudo llegar hasta el cuarto grado. Pero, a los 17 años, decidió hacerse tractorista, y lo enseñó uno de sus amigos jamaicanos; también fue un magnífico aprendiz de “pala mecánica”. Se inició como ayudante en el manejo de los tractores atravesando muchas dificultades, por su poca edad, las exigencias del trabajo y las pesadas herramientas.

Trabajaba en el tiro de caña, en el antiguo central Preston, nombrado luego Guatemala, y eso me hace pensar en los muchos jóvenes tuneros y cubanos que hoy entregan sus energías a la zafra.

Pero, bien, cuando supo que Fidel Castro luchaba contra la tiranía de Fulgencio Batista, colgó un cartel en su maquinaria que decía: “Me voy para la Sierra. Libertad o Muerte”. Y se fue con una escopeta y un revolver del abuelo al Ejército Rebelde. Fue integrante de la Columna 17 del Segundo Frente Oriental, donde con el sobrenombre de Papi, llegó al grado de capitán y libró muchos combates guerrilleros.

En 1962, cuando la “Crisis de octubre” acompañó a Turcios Lima a Guatemala; y en 1964, al revolucionario Jorge Masseti a Argentina. Luego estuvo entre los aguerridos hombres que acompañaron al Che Guevara en El Congo, donde peleó con gran dominio de la lucha guerrillera. También participó junto a Coco e Inti Peredo, con la tenacidad que distingue a los jóvenes,  en la organización de la Guerrilla Boliviana.

De piel oscura, cinco pies y nueve pulgadas, nariz recta y cejas gruesas, José María tenía suficiente fortaleza y juventud, serenidad y coraje, probados en difíciles situaciones de vida o muerte.  “Ricardo” en las selvas bolivianas, junto al Che, era de los hombres a aguantar para que no saliera de su posición y avanzara hacia el enemigo, opinaron algunos de sus compañeros, quienes lo calificaron de corazón noble, intrépido y desprendido en lo material.

El 30 de julio de 1967 cayó herido en combate en las márgenes del río Rosita, en Bolivia. Se organizó una línea de fuego, y varios compañeros se lanzaron a rescatarlo –como Alberto Fernández Montes de Oca-, quien, a pesar de su mal estado de salud, logró silenciar la ametralladora enemiga.

Entonces, el Che escribió en su diario: “Ricardo estaba muy grave, y el último plasma se había perdido en la mochila de Willy. A las 22 murió Ricardo y lo enterramos cerca del río, en un lugar bien oculto, para que no lo localicen los guardias”. Lo calificó como un extraordinario combatiente, y afirmó que era una pérdida sensible por su calidad.

Ese fue Martínez Tamayo, con una historia en su primera juventud que me hace pensar en jóvenes como él, que hoy luchan en áreas del central Guiteras, del “Colombia”, y “el Majibacoa”, en el tiro y alza de caña, en las combinadas, en el mantenimiento –a pesar de las carencias y de la grasa.  Me hace pensar en los técnicos en mecanización, y en los estudiantes de los pelotones-escuela, todos continuadores de los procesos productivos para que Las Tunas alcance la mayor cantidad de toneladas de azúcar.

/mga/

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