Escena de la película Inocencia, inspirada en el fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina por las autoridades coloniales españolas (FOTO/Internet)

En Las Tunas, 27 de noviembre, con el morir la vida

Las Tunas. – El 27 de noviembre de 1871, en Cuba, la muerte tuvo rostro y nombre: Alonso Álvarez de la Campa, Anacleto Bermúdez, José de Marcos y Medina, Ángel Laborde, Juan Pascual Rodríguez, Carlos Augusto de la Torre, Eladio González y Toledo, Carlos Verdugo y Martínez. Esa fecha de la historia nacional quedó dolorosamente grabada en la memoria del pueblo.

El fusilamiento de los estudiantes de medicina, en la explanada de La Punta, en La Habana colonial fue la culminación de un proceso judicial mediado por el odio y el ensañamiento. Bastaron dos días para decidir con prisa la suerte de aquellos muchachos hechos prisioneros. De la sentencia definitiva al momento final apenas transcurrieron poco más de tres horas. Casi siglo y medio después, todavía los mitos y la realidad se entrelazan para contar esta historia de horror y tristeza.

Tales sucesos llegaron con la brisa de lo artístico hasta el pueblo cubano en el filme Inocencia, una obra que nos hizo sentir la magnitud de aquel horror y que ha sido, tal vez, motivo para que quienes cada 27 de noviembre peregrinan o recuerdan estos acontecimientos lo hagan con la sincera devoción de quien, «al ponerle rostro a la muerte, siente como suya la tragedia».

Esas esencias se vivieron en Las Tunas cuando los estudiantes del perfil de las ciencias médicas recordaron aquellos sucesos. En este difícil 2020, lo han hecho en medio de una batalla por la vida, de manera que en acto sencillo de homenaje y recordación en el teatro de esa Universidad reconocieron a los que le plantaron batalla a la Covid-19 desde diversos frentes; algunos merecieron, entonces la Condición Jóvenes por La Vida, hermoso título para quienes son el símbolo de la dignidad, de la cultura, de la firmeza de espíritu que tiene y ha de tener siempre la juventud cubana.

De aquella tragedia de 1871, José Martí ponderó la capacidad del alma cubana «para alzarse, sublime, a la hora del sacrificio, y morir sin temblar en el holocausto de la patria». Con la espontaneidad propia de la juventud, y también desde el conocimiento y el sentimiento, ha de ser ese homenaje de los estudiantes cubanos a quienes con el morir quedaron perpetuados en la vida.

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