Las Tunas.- Los pregones rompen el silencio; invaden como banda sonora nuestra cotidianidad. Picarescos, animados, ingeniosos, seductores…, toda una amalgama de anuncios para enamorar paladar y bolsillo. Y lo agradecemos, ¡cómo no!, aunque te quiebren el sueño algunas veces.
Se cuenta que entre los puertos de Grecia, Pequín y Babilonia navegó la génesis de los pregones. Luego, los siglos XIX y XX los vieron “caminar”, de boca en boca. Así llegaron hasta nuestros días. Algunos más triviales y otros, verdaderos frutos del imaginario popular.
No en balde, Nicolás Guillén aseguraba que pregonar es un arte no apto para todos. Y es que, como mismo encontramos pregoneros carentes de inspiración, hallamos otros que, con su talento y gracia natural, transforman nuestras rutinas. El mensaje, unido a cierta aptitud teatral, son recursos vitales en sus variopintos oficios.
La pluma de varios compositores también ha bebido del pregonero popular, dando vida a obras antológicas como El manicero, Frutas del Caney, El yerberito moderno y Échale salsita. Qué cubano no siente removerse su esencia criolla cuando escucha esta canción: “Maní, el manicero se vaaaaa./ Si te quieres por el pico divertir,/ cómete un cucuruchito de maní…”.
Es cierto que el tiempo ha mellado la majestuosidad de sus mensajes; hoy es más común escuchar: “Se compra cualquier pedacito de oro”; “Pan de flauta”; “Hay cebolla y ajo”, entre otros, sin mucho maquillaje. Sin embargo, siempre hay quienes desafían la desidia y, conscientes del poder que ejercen sus palabras en los consumidores, atraen la atención, despiertan nuestras sonrisas y, si uno no iba a comprar, compra…
Aunque ya no estamos en la época de “El manicero”, siempre habrá quien absorba los matices de la cubanía y los vierta con buen pregón. La historia de la Terminal Ferroviaria de Las Tunas atesora la figura de Alexis, un vendedor invidente de maní que, con su forma dicharachera de proponer su producto, ha ganado nuestras pupilas, sonrisas y monedas.
También un mulato, regordete y afable, que –a finales de los años 90- recorría en bicicleta, con su gorra bolchevique negra y una caja larga en la parrilla, el reparto Buena Vista, pregonando sus propuestas culinarias. Desde los balcones de los edificios, curiosos vecinos se asomaban para ver a quién tan alegremente afirmaba: “Compren mis cremitas/ que son las especiales/ y están muy sabrositas, / compren mis cremitas…”.

Los pregones forman parte ineludible de la esencia criolla, de nuestra nacionalidad. Desde los más incisivos como “Oye, vecina, cómprame…”, hasta más seductores como “Traigo empanadas,/ llámame que me guuussstaaa…”. Estos habilidosos anunciantes de mercancías desandan la urbe, colándose sin saberlo en nuestra identidad. Porque un pregón, más que una voz o un grito mercantil, es una pegajosa frase que nos define como cubanos.
/mga/




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