Las Tunas.- Cuando uno cruza la puerta del gimnasio de la calle Colón, no solo entra a un local deportivo. Entra a un santuario de sudor, sacrificio y sueños. Fundado en 1983, este lugar ha sido la cuna de pugilistas que son parte de la historia del boxeo tunero.
En el centro del ring, rodeado de niños que apenas levantan los brazos por encima de las cuerdas, está Miguel Ángel Rojas Guevara, Licenciado en Cultura Física, quien supervisa a un grupo de 33 pequeños que hoy llenan la instalación.
Para Miguel Ángel, la formación va más allá de la técnica. «Todos los días lo primero que hacemos es enseñarles, explicarles la situación del país, le hablamos de historia, de reglas, de cómo debe ser su comportamiento en la sociedad para que sean mejores personas. Le inculcamos patriotismo, perseverancia, sacrificio, amor a la patria, amor al deporte».
En el aspecto técnico, son rigurosos. «Lo primero es la posición de combate, los pasos, el ABC del boxeo. Eso es lo más complicado», explica Miguel Ángel mientras los pequeños repiten desplazamientos laterales como si bailaran una coreografía. Los resultados saltan a la vista: «Casi todos los niños que están en la EIDE han salido de este gimnasio y han sido medallistas en Juegos Nacionales».
Sin embargo, la medalla más importante no siempre se gana en el ring. Rojas señala el equipamiento con orgullo pero también con preocupación: «Nosotros en este momento tenemos los recursos porque nos han ayudado. Si observa, tenemos recursos que no lo tiene nadie, ni tan siquiera la EIDE tiene con qué trabajar. Nosotros les estamos prestando ahora los guantes. Esto ha sido gracias a la donación del papá de un alumno aquí, que nos ha enviado implementos deportivos». Su diagnóstico es claro: «Si hubiese apoyo, si nos dieran los implementos, el material humano está para sacar los campeones que teníamos anteriormente».
A su lado, Manuel Pérez Leyva, otro entrenador que convirte en realidad los sueños. «Yo estoy en esto desde el año 1975», dice con orgullo mientras ajusta las vendas a un pequeño. Manuel lo ha visto todo: comenzó trabajando con niños en la Feria, luego pasó a la academia, y allí forjó a las grandes figuras. «Trabajé con Yankiel León y con Armando Bauzá», recuerda.
Para Manuel, el boxeo no es un trabajo. «Cuando vine de China, estuve como cuatro meses sin trabajar, de vacaciones, y yo venía todos los días aquí al gimnasio. Nosotros somos los únicos en Cuba, que trabajamos los sábados por la tarde y los domingos. Ese es el resultado».
El gimnasio de la calle Colón es un hervidero humano, los sueños tienen nombres y apellidos. Víctor Ricardo Morales Ávila, un niño que un día pasó por la calle y vio a otros entrenar, ahora no se imagina la vida sin el boxeo. «Me gusta hacer mucho sparring, la parada de combate, la defensa», dice con los ojos brillantes. «Aquí podemos jugar, hacer amigos, aprender a defendernos».
Mason Javier Puig Fuentes lo tiene claro. Llegó porque pasaba por aquí, vio a los muchachos y se empujó a apuntarse. Su familia lo apoya «en las buenas y en las malas». Y Edilme López Leyva, que desde segundo grado supo que esto era lo suyo, ya ha ido a competencias nacionales y provinciales. ¿Por qué el boxeo? «Porque me gusta el deporte», responde simple, pero su mirada deja entrever la complejidad de quien ha encontrado un propósito.
Al caer la tarde, en el gimnasio Colón, la escena se repite: niños que imitan a sus ídolos, entrenadores que corrigen posturas, y un ring que sigue siendo el primer escalón hacia la gloria.
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