Hasta la Victoria Siempre: La Caravana del Pueblo

30 de Nov de 2025
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Han transcurrido nueve años de aquella despedida que conmovió a la nación, y el eco de la Caravana que surcó la Isla con sus cenizas aún resuena en la memoria de Cuba. En el marco de la campaña «Cien años con Fidel» y en este noveno aniversario de su partida fí­sica, regresamos a aquellos dí­as de diciembre de 2016, para evocar no un adiós, sino una promesa colectiva de eterna lealtad.

El amanecer del 30 de noviembre tuvo una solemnidad distinta. En la sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el General de Ejército Raíl Castro presidí­a con estoica serenidad la ceremonia de partida. Allí­, en un ambiente cargado de emoción y firmeza, comenzó el último viaje del Comandante.

No era un viaje cualquiera; era el regreso a la historia, la réplica inversa y melancólica de la Caravana de la Libertad de 1959. Las cenizas de Fidel, custodiadas con amor revolucionario, iniciaban su camino hacia el Oriente rebelde, para descansar junto al Maestro en Santa Ifigenia.

Antes de que el sol despuntara, los tuneros ya estaban en pie. No habí­a que convocar, no habí­a que insistir. Una fuerza callada y poderosa, la del deber de amor, los guiaba. Familias enteras, jóvenes, pioneros, combatientes ancianos con la mirada llena de historia, tomaron su lugar a lo largo de la Carretera Central.

El paisaje tunero se vistió de duelo y dignidad: banderas cubanas y del 26 de Julio se mezclaban con fotografí­as de héroes, arreglos florales y carteles donde se leí­an juramentos de fidelidad.

Cerca de las once de la mañana, en la zona de El Yunque, un grito unánime rompió el silencio expectante. ¡Fidel! ¡Fidel! El primer abrazo popular al cortejo fue estremecedor. Las notas del Himno Nacional, entonadas con voz quebrada por la emoción, elevaron el espí­ritu del lugar. Era la recepción de un pueblo agradecido a su lí­der.

Hora y media después, la Caravana entraba en la Avenida Vicente Garcí­a de la capital provincial. Y entonces, una imagen quedó grabada a fuego en la retina de todos: en la Plaza Martiana, noventa jóvenes desplegaron una oleada de banderas cubanas, un mar de estrellas y franjas ondeando bajo el sol. En ese sitio sagrado, donde la luz rinde tributo a José Martí­, la juventud tunera le decí­a a Fidel: «Aquí­ estamos. Tu semilla no se ha perdido».

El recorrido, de casi tres horas y a lo largo de kilómetros de pueblo en pie, fue una demostración palpable de un cariño que trasciende la muerte. Más de 200 mil tuneros, con lágrimas y consignas, despidieron al eterno Comandante.

La despedida final en la provincia ocurrió en Cañada Honda, en el lí­mite con Holguí­n. Allí­, en la mayor elevación tunera, una gigantografí­a proclamaba la frase que es un principio: «Hasta la Victoria Siempre, Comandante». Era el grito de un pueblo que prometí­a seguirle.

Al despuntar el alba del 3 de diciembre, la Caravana de la Libertad, ahora convertida en cortejo fínebre, cruzaba las fronteras hacia la provincia de Holguí­n. El recorrido fue un mosaico de dolor y firmeza revolucionaria. En cada pueblo, en cada cruce de camino, la historia se repetí­a: multitudes compactas, rostros bañados en lágrimas silenciosas y un mar de banderas que se inclinaban al paso de las cenizas.

La noche del 3 de diciembre, bajo un cielo estrellado, la Caravana hizo su entrada final en Santiago de Cuba. Las calles de la Ciudad Héroe se convirtieron en un rí­o humano que fluí­a hacia el histórico Cuartel Moncada. Allí­, en el escenario del asalto que marcó el inicio del camino revolucionario, se congregaron miles de santiagueros para velar al hombre que les habí­a devuelto la dignidad.

A las 7:00 de la mañana del 4 de diciembre, en el cementerio Santa Ifigenia, se selló el pacto de eternidad. Las cenizas del Comandante fueron colocadas junto a las del Apóstol José Martí­, en un sitio consagrado a los padres de la Patria. Bajo el sol caribeño que tanto amó, Fidel encontró su descanso final entre los héroes que lo inspiraron.

Hoy, nueve años después, aquel «¡Hasta siempre!» no fue una despedida, sino un «¡Siempre contigo!». El recorrido de sus cenizas no fue el final de un camino, sino la siembra perpetua de su ejemplo en la tierra que defendió y amó.

Comandante en Jefe, su legado no está en el silencio de la piedra, sino en el bullicio de las fábricas, en el empeño de los estudiantes, en la fértil tierra del campo, en la dignidad irrenunciable de este pueblo.
¡Su idea, que es la Patria, sigue viva y vencerá!

/lrc/

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