Monte soy: Pichuli y sus 16 fracturas como trofeos
Pichuli habla con una gracia que es capaz de cautivarte durante horas con sus historias. (FOTOS del autor)

Monte soy: Pichuli y sus 16 fracturas como trofeos

Desde que nació le pusieron Pichuli, y por eso nadie lo conoce como Esmérido Romero Vargas, un domador de toros en sus inicios y ahora de caballos que se pasea orondo a la vista de toda la comunidad de Cuatro Caminos.

– Desde que nací me pusieron Pichuli, desde que nací, desde chiquitico.

– ¿Cuántos años tienes?

– 74

– ¡74 y todavía estás domando caballos!

Un campesino presente en el diálogo asegura:

– Y corre caballos también.

Pichuli ríe de buena gana, con una risa pícara y con unos ojos brillosos, al tiempo que niega con la cabeza.

– Todavía me trepo en los palos, y me subo a las matas de coco.

– ¿Y es verdad que corres caballos?

– Bueno ahora en día corrí dos o tres que estaba domando -y vuelve a reír como un muchacho chiquito.

– ¿Naciste en esta tierra?

– Sí, aquí en Cuatro Caminos.

– Cuéntame cómo empiezas a domar caballos.

– Mira, yo antes cogía y los amarraba porque antes no se trancaban, se domaban en el potrero. Desde que tenía 18 o 20 años, por ahí. Yo cogía y los montaba apenas eso, pero ya no, yo tuve 16 fracturas en los huesos, pero ya no, ahora le pego la montura, lo camino con montura por ahí, y cuando ya se dejan montar,  me monto y eso. Aparte de que cuando va a domar al caballo usted tiene que enseñarlo a caminar. No como la gente que coge y principian a domar y es a dar carrera y a meterle. Yo no, no, pa’ que le dé a un penco de eso cuesta. Es al pasito. Lo enseño a caminar, después a trotar,  si un día un galope, se lo echo, pero cuido al animal.

En audio

– ¿Cuántos caballos has domado?

– ¡Ufffff! Unos cuantos.

Una campesina a unos metros le dice, «unos cuantos no, ¿cuántos, 100, 200?».

– No sé, no sé.  Mira yo comienzo sobrellevándolo, que no brinque, hay que pasarle la mano, bañarlo, darle peine y tratarlo como una niña, como una jeva, no castigarlo mucho, porque eso es domarlo. No lo voy a matar ni a sacrificarlo pa’ eso.

– Por ejemplo, cuando ves que no «entra por el aro» ¿qué tú haces?

– ¿Eh? No, él tiene que entrar. Yo lo sobrellevo y lo amanso, él entra enseguida, enseguida. Porque él a mí no me va a tumbar así de jamón. Camino con él, monta y monta y monta hasta que tenga que ceder. Él se ablanda, pero bueno siempre con cariño y…

– Pichuli ¿qué tú sientes cuando ya lo domas?

– ¿Eh? Mira, tú sabes que cuando yo montaba toro, que iba a montar un toro malo de eso, yo sentía que me ponía nervioso, pero ya cuando hacía contacto con él, me sentía como esta mampostería -le da con el puño a la pared-. Me sentía firme, completo y brinca toro y brinca toro. Yo he monta’o caballo que los bolíos lo han pega’o al cielo, han grita’o como un lechón, y yo ahí. Pero bueno por eso yo he lleva’o 16 fracturas en los huesos, montando toros y caballos.

En más de 50 años domando animales, Pichuli ha tenido momentos difíciles y tristes, y en ocasiones estuvo muy cerca de la muerte por la fuerza de los toros y caballos que por instinto se defienden de sus jinetes.

– ¿Cuál ha sido el momento más difícil con un caballo?

– ¿Eh? Bueno una vez que yo me monté en uno con una monturita pa’ no embromar la nueva, y la montura no estaba en buenas condiciones y brinca y brinca y los corcoveos que echaba y me fui a tirar y se me fue la pata por el estribo y me dio dos o tres vueltas por el potrero conmigo a rastras, ¡uuuuuuuuu! y yo guindando ahí, ¡uuuuuuuu! a velocidad. Y entonces cuando resbaló, y se fue de patines yo pude sacar la pata, pero melastimó el tobillo.  Estuve en casa de Lulo, el abuelo de Cheíto, como cinco o seis meses que to’ los días había que ponerme cosa porque lo que botaba por el tobillo… ¡Ah! no me mató no sé cómo, si me coge un troncón por la cabeza me mata.

– Por poco te mata sí – y vuelve a reír con una risa contagiosa.

– Lo que pasa es que la tierra estaba blandita. Pero me puso tonto, me zarandeó -ríe de buena gana- ¡Ah!, y otra vez que estaba domando otro, y ese era vago, grande, y entonces iba a llevar una novilla tres cuartos y había una estrechez, y la bestia no quería caminar.  Vino Ibis, el veterinario, y le dio con un alambre de puya por el lomo y aquel animal se mandó por entre los dos y en lo que yo viré, no me dio tiempo porque el caballo era muy vago, muy sinvergüenza, me cogi’ó de la’o y me volcó. Me arrastró por las dos piernas y me zafó esta rodilla, estuve seis meses y 24 días con yeso puesto, pero, quedé bien.

– Pero así sigues entonces.

– ¿Eh? Sí, sí, así sigo yo haciendo…

– ¿Y hasta cuándo?

– ¿Eh? Hasta que Dios quiera…hasta que Dios quiera.

Pichuli, con sus 74 años, su figura de Quijote y sus 16 fracturas como trofeos, es un símbolo entre los campesinos de la cooperativa de créditos y servicios Carlos Manuel de Céspedes, de Cuatro Caminos, en la provincia de Las Tunas.  Le muestran su respeto cuando lo ven pasear orondo y orgulloso encima de esos animales que doma y él permanece con su estima por las nubes, porque sabe que a sus años en toda la región no hay un domador como él en eso de cuidar a los caballos y hacerlos entrar por el aro.

/mga/

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