Monte soy: Alberto y la veterinaria, entre vacas y terneros
A sus 62 años, Alberto siente orgullo de ser un hombre del campo, de la veterinaria. (FOTOS del autor).

Monte soy: Alberto y la veterinaria, entre vacas y terneros

Alberto Utra Santos se enorgullece de ser un hombre de campo, durante toda su vida. Y dentro del campo, como un hombre de la veterinaria, algo que siempre le llamó la atención, desde que era un niño y vivía con su familia rodeado de animales.

– ¿Cómo te haces veterinario y por qué?

– Mi papá era jefe de una vaquería y veía al médico inyectando a los animales, y me gustaba y lo estudié en el Caney de las Mercedes, en Granma, y pasé la escuela nacional de veterinaria Fernando Conde, en La Habana, ahí me especialicé en terneros. Casi toda la vida trabajé en la granja Santa María y ahora en la cooperativa de Becerra.

Cuando se fue al Caney de las Mercedes a estudiar veterinaria no había cumplido los 17 años. Y llegó a aquel lugar rodeado de lomas y se sintió solo, muy solo.

– ¿Qué sentiste ese día?

– Bueno, yo nunca había salido de mi casa, y cuando me vi allá solo, sin conocer a nadie, aquello fue grande. Era loma por un la’o y por otro, y difícil, hasta que después llegaron unos muchachos del barrio que yo conocía.  Cogí confianza -ríe- y la vida era mejor. Cuando eso no daban pase, era el año completo allí, los viejos tenían que ir a verme. Había unos profesores que eran del campo donde yo vivía, que se habían quedado allá como maestros, y ya iba a sus casas, tenía con quien compartir, me distraía. Y fue lindo aquello.

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– ¿Cómo te adaptaste cuando saliste graduado de la escuela?

– Pasé unos meses de práctica y enseguida me dejaron solo, porque como me gustaba tanto la veterinaria aprendí rápido en la práctica.

Este hombre es un amante de todos los animales, y las reses son parte importante de su vida. Pero los terneros siempre le encantaron y, cuando tuvo la oportunidad, no dudó en dedicarse a la atención de las crías.

– ¿Cómo te especializas en terneros?

– Eso fue un curso en la escuela Fernando Conde, en La Habana, que era sobre las enfermedades de los terneros recién nacidos y jóvenes. En Santa María existía una recría, pero se desintegró y entonces seguí en las vaquerías.

– ¿Qué es lo más lindo de trabajar con terneros?

– Mira, cuando trabajas con terneros, y tienes uno enfermo, al principio crees que se va a morir, pero cuando tú lo tratas y ves que mejora eso te da satisfacción, alegría, porque es el fruto de tu trabajo y me gusta la secuencia de los tratamientos. Me encanta salvar a los terneros.

¿Y cuando alguno se muere?

– A veces se me muere alguno por falta de medicamentos, porque estamos utilizando mucho la medicina tradicional, y a veces la enfermedad requiere de medicamentos que no hay y es duro que se te muera un animal que quisieras salvar y no puedes.

– ¿Tú eres de los que te encariñas con los terneros?

– Me encanta ver a los terneritos, yo siempre los reviso por la mañana a todos, a los que están echa’o los paro, a ver si camina bien o mal o tiene algún síntoma, le pregunto a los vaqueros, y me gusta.

La medicina veterinaria es difícil en cualquier país, pero en Cuba lo es más por la falta de medicamentos, por las condiciones que imperan debido al bloqueo de Estados Unidos, pero el hombre de esta historia ve las cosas de manera diferente y cada día se levanta con las ansias de la primera vez.

– ¿Qué es lo más difícil de la especialidad?

– Nada es fácil, todo es difícil, pero como me gusta tanto, yo hago fácil lo difícil.

– ¿Qué es lo que más feliz te hace dentro de la veterinaria?

– A mí como todo me gusta todo me hace feliz, pero cuando uno le pone tratamiento a un animal y la evolución es buena, eso te da una alegría y una satisfacción grande».

– ¿A qué hora te levantas?

– A las 5:00. Todos los días. Ya a las seis menos 10 estoy ensillando el caballo para ir hacia las vaquerías.

– ¿Cuántas vaquerías tienes a tu cargo, y cuántos animales?

– Cuatro, tres vaquerías y un centro de desarrollo. Animales más o menos 200 por vaquería.

– ¿Y no crees que son muchos para ti solo?

– No.

– ¿Por qué?

– Yo madrugo y no importa la hora, si es por la mañana, por la tarde, la hora que sea.

– ¿A qué hora llegas a la casa?

– Eso depende de cómo esté la situación. Ahora llego un poco más tarde. En tiempos normales cuando la cosa anda bien llego más temprano.

Si Alberto ha logrado todo en la vida se lo debe a su esfuerzo claro, pero sobre todo a su familia, desde sus padres y hermanos hasta la familia que él creó.

– Háblame de tu familia.

– Mi esposa es master, profesora. Tengo un hijo licenciado en Matemática, ella tiene un hijo que es profesor también, yo lo crié desde chiquito, ellos se llevan como hermanos y yo soy como su papá.

– ¿Qué es lo que más te satisface de tu familia bonita, de profesionales y de campo?

– Fíjate si somos unidos que yo tengo un nieto del hijo de mi esposa, que también es mi hijo, que cuando era chiquito -ríe de buena gana- él decía que quería que yo lo hubiera parí’o, siempre andaba conmigo, hoy es profesor de deporte, con 18 años. Y hasta no hace tanto dormía conmigo. La vieja dormía en otra cama y él conmigo.

– Háblame de tu mamá, que todavía vive.

– Mi mamá es una mujer de campo, trabajó mucho, hija de campesinos también. Picaba leña, criaba animales. Después se mudó para la ciudad, y mi papá y nosotros nos quedamos en el campo, aunque mi papá la visitaba, y se quedaba allá, normal, como el matrimonio normal que era.

– ¿Cómo recuerdas al viejo?

Piensa un instante, y mira hacia un lugar impreciso del campo.

– Mi papá fue un hombre trabajador, honesto. El trabajo era su vida porque no estudió, no tuvo la posibilidad porque nació mucho antes de la Revolución. Era analfabeto, sabía firmar y malamente. Pero le encantaba luchar, tener animales, tenía una finquita.

– Cuando le echas una mirada a tu vida, con 62 años, con familia, con una historia aquí en la cooperativa, con todas tus circunstancias, ¿cómo la ves si la miraras desde fuera?

– Bueno mira, aquí llevo siete años, es una cooperativa donde la mayoría de los compañeros son integrados al colectivo, lo dan todo, trabajan de sol a sol, luchan y yo me veo dentro de ellos.

***

Alberto Utra Santos es plenamente feliz. Lo dice y se pone el sombrero porque ya se va, sus reses lo esperan. Monta en su caballo y se despide, no sin antes revisar sus bolsillos para comprobar el pomo de medicina que trae. Y marcha a paso firme en busca de la salud, de la vida de sus animales, que cada día le dan una de las satisfacciones más grandes de su bregar por esos campos.

 

/mga/

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