Guillermo Vidal. Carlos Tamayo Rodríguez
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De ciertos personajes que existen en el cuento Se permuta esta casa, de Guillermo Vidal, ¿alguien sabrá cómo son los ojos de América Julia? ¿Y el pelo de Mecalita sería largo? ¿Y el de Adys, rubio? ¿Acaso “Matilde la sobadora” era gorda? ¿Pepe Rodríguez sería alto? Clary, Mesa, Cusy, Roberto, Tita, Chamucero, Miguel, Chucho, ¿en qué se diferencian de otros tantos personajes que pueblan sus cuentos? Quizás alguno sepa cómo es “la Juana”, aunque no todos los personajes forman parte de la realidad objetiva.
Pura Domínguez —con pinceladas va de un texto a otro—, en tanto Mayra, Don Claudio, son referencias. Veamos otros casos. Den paso a la cieguita: los personajes son Betuno Lucilo, a quien “lo encontraron descalzo en plena ciudad con los ojos desorbitados”, “le temblaban las manos”. Una viejita ciega, los soldados, los presos, la gente, “un hombre que boquea y abre los ojos queriendo tragarse todo el aire de la plaza”; otro hombre: “se revolvía con los intestinos fuera”; un joven “corre con la camisa abierta y un tiro de bala en un hombro y más tarde uno ve pasar al mismo joven con el rostro desfigurado”. Su “Cuento de los Infantes” muestra a Pura Domínguez, “hembra como no hemos visto otra”; aparece en esta pieza con sus tiernos olores, “el cuerpo enfebrecido”, de “caderas arrebatadoras, sus pezones en punta, que tornaríanse flácidos, prietos, acabados por las pariciones de las trillizas”. A Pura Domínguez le gustaba mirar el “miembro descomunal” de Hilario Pubillones. Después, las trillizas serían “polluelonas de comer”; en la violación abrían las bocas de lenguas bien rojas”, mientras “les dardeaban al viento los pechos jugosos”. Al morir mostraban “el rostro carcomido por las auras tiñosas”. En Cómo hacemos para comer cuenta sobre el pisado, los friteros, Venado, unos hombres “que estaban ahí por marihuana”, Mercedes, con espejuelos y bastón, y la voz de nosotros, personaje-narrador.
La intensidad narrativa de El pozo la sostienen “la vieja [que] ha salido con el cartucho de maíz, titiando en el patio”, “un hombre con un tiro en el hombro” y “los de la Rural”; sin un solo apunte sobre detalles físicos logra una tensión impresionante. En Los queridos sobrinos, a Roberto, mientras juega bingo “le sudan las manos con el grano entre los dedos”. “Aún no está gordo”, mujeriego (con Amparo tuvo a Denia, con Ramona a Tere, Bety, Anissa); cuando se fue “vimos su nuca de hombre infeliz”. De Luz Divina refiere “los cachetes colorados, ardientes” y sus “perras teticas, dice Pito acordándose”. También sabemos de “la mula mala”, “tan satona con sus teticas”, “le veíamos las nalgonas que se le movían cuando decía un dos tres y se daba vuelta”. Ofrece el dato de sus 13 años. De una treintena de nombres solo estos tres recibieron las referencias transcritas. Otra galería de nombres es El velorio de Luis Morgado¹, no de personajes construidos en los planos de la caracterización física, síquica y lingüística (Benedito “siempre está sentado en la puerta de su casa, quiay quiay"); solo algunos están tocados con leves rasgos de esa naturaleza. La pastora “deja la bata de casa en un clavo afuera, se ve su brazo blanco y el muslo casi y un pezón rosado”, “no puede casarse, pero nosotros vimos cuando se besaba en el patio aquella vez con un hombre y vimos cuando cerraban la puerta y entonces”, el Gasolina expresa de ella: “qué muslones, qué negrura húmeda con el agua que le cae entre las piernas.” Sobre los muchachos solamente sabemos que tienen bozo, “qué grandes”, “qué largos”. Arcelito “habló ronco”. Richín se queda más pálido que un muerto cuando la pelota roza a Margarita la jicotea. De Luis Morgado Torres señala las nalgas, “el pico flojo, mantecoso”. Era flaco, con temblores en las manos (“qué pellejos donde hubo músculos de tanta fragua”), tenía “la mirada de perro viejo”, canceroso.
Es memorable la leve sensualidad de Luz Divina, “tremenda mulatica que nos enseña las tetas como puntas de cuchillos que quieren irse a los costados [...] y dicen que exhala un perfume de colonias que atrapa los sentidos y enferma de comezones [...]” Por una asociación semántica logra la imagen del carnicero: “[...] oigo a los mayores que dicen Mingo quebró y pienso que se le han puesto los huevos grandones como al carnicero que tiene una bolona ahí que da miedo [...]” Margarita la jicotea sobresale por “sus nalgas”, que “son dos flanes inmensos, piel negra como betún, usa collares en colores y cada color es un santo y es la reina de los bichos que salen a buscar el olor de las noches”. Vestida de blanco; usa alpargatas, es la “reina del monte y de los muñecos que caminan y silban”, “capaz de curar el mal de ojo, la gonorrea con agua de coco”². La Historia verdadera del adivino Hilario Pubillones —“el más cohabitador de los cohabitadores”— se recordará también por Pura Domínguez, “hembra como no hemos visto otra”. El narrador, cuando la veía, “se acordaba no de esa de senos flácidos, sino de aquella de bata abierta sobre la cama cuando él apartó las tejas.” “[...] treintona de amplias caderas, blanca de finos bellos sobre las corvas”. Además menciona a “la mujer del fritero”, a Ernestino Arrieta, al hombre “recluido en su prisión voluntaria; lo veían asomarse a la ventana, su rostro sin afeitar, sin sonreír”, a “una vieja que estuvo riéndose salvajemente, temblándole el cuerpo sucio, el pelo amarillento, hasta que reventó de risa delante de los militares”, a las paridoras y los fundadores. Aquí el jetudo es “el viejo renqueante que se ríe y nunca se ha casado, pero que le hace los mandados a Pura Domínguez […] la dueña de la casa adonde lo han de llevar sus pasos de hombre cansado […]” Con una sombra de furia exhibe a Mary Juana: “[...] ella me espera siempre sonriente y saludo a los viejos y yo aprovecho para violentarle las tetas que se rajan de su vestido y ofenden mis ojos. Tetas que se abren a los costados. Pezones rosados. Arsenio López dice que las mujeres tienen el mismo color en los pezones y en los labios. Tal vez por eso ellas tengan tanto interés por ocultarlos con una leve capa de pintura.” Hasta aquí hemos visto la economía con que se presentan los personajes. Guillermo Vidal le ha dado más atención a otros recursos narrativos. Por ejemplo:
Cuento de los Infantes. Emplea el relato coral, el narrador suprasciente, en un grupo de voces los tres pares de ojos conocedor de toda la historia. Los queridos sobrinos. El narrador estimula la historia desde el presente; solo al llegar a cierta latitud es cuando el lector conoce que los hechos iniciales pertenecen al pasado; el narrador dominante se encarga de recordar. Se mantiene la relación de transcurso hasta cerrar el cuento en el punto inicial. La estructura es circular, no la historia, en tanto el punto de vista múltiple facilita el entrecruzamiento de los narradores y la alternativa temporal. El monólogo interior transita senderos apartados de los tradicionales.
El velorio de Luis Morgado. Las cajas chinas, polirreproducción de los reflejos, permiten al narrador aquiesciente contar una historia pasada en relación con la que se está viviendo. Los mecanismos intertextuales son bien conocidos por Guillermo Vidal. Este escritor no se conforma con lo que consigue tras años de laboreo. Acerca de la aparición de este libro declaró: “No puedo decir que me siento feliz, y sí que empiezo a sentir cierto distanciamiento de él, porque deja de ser mío cuando ya lo tienen los lectores, y surge entonces la necesidad de hacer algo superior...” Y: “No podemos escribir ni leer como hace veinte, cincuenta o cien años. Hemos evolucionado como individuos, mas el lenguaje se había ido quedando atrás”. Guillermo puede sentirse feliz de haber logrado un libro como Se permuta esta casa, sobre el cual destacó el jurado: “el acertado manejo de las técnicas narrativas contemporáneas en notable adecuación con los contenidos narrados. Imaginación, lenguaje eficaz y estructura narrativa que violentan los moldes tradicionales del género se combinan en este libro que se inserta dentro de lo mejor de la más joven cuentística cubana y latinoamericana”.
*Texto inédito, leído en 1987 en la librería Fulgencio Oroz de la ciudad de Las Tunas, con motivo de la presentación de Se permuta esta casa, obra de Guillermo Vidal Ortiz (1952-2004), premio David de cuento 1986. Jurado: Imeldo Álvarez, Eduardo Heras León y Abel E. Prieto. Ediciones Unión, La Habana, 1987, 105 páginas. La segunda edición es de la Editorial Sanlope, Las Tunas, 2000, 90 páginas. Con el cuento homónimo su autor había ganado el primer premio de la primera bienal del cuento Marcos Antilla en 1984, que le otorgó el jurado compuesto por Onelio Jorge Cardoso, Manuel Cofiño López y Ricardo Repilado Parreño. Fue publicado en un cuaderno por la casa de cultura Tomasa Varona de Las Tunas, en septiembre de ese año.
Carlos Tamayo Rodríguez
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De ciertos personajes que existen en el cuento Se permuta esta casa, de Guillermo Vidal, ¿alguien sabrá cómo son los ojos de América Julia? ¿Y el pelo de Mecalita sería largo? ¿Y el de Adys, rubio? ¿Acaso “Matilde la sobadora” era gorda? ¿Pepe Rodríguez sería alto? Clary, Mesa, Cusy, Roberto, Tita, Chamucero, Miguel, Chucho, ¿en qué se diferencian de otros tantos personajes que pueblan sus cuentos? Quizás alguno sepa cómo es “la Juana”, aunque no todos los personajes forman parte de la realidad objetiva. Pura Domínguez —con pinceladas va de un texto a otro—, en tanto Mayra, Don Claudio, son referencias. Veamos otros casos. Den paso a la cieguita: los personajes son Betuno Lucilo, a quien “lo encontraron descalzo en plena ciudad con los ojos desorbitados”, “le temblaban las manos”. Una viejita ciega, los soldados, los presos, la gente, “un hombre que boquea y abre los ojos queriendo tragarse todo el aire de la plaza”; otro hombre: “se revolvía con los intestinos fuera”; un joven “corre con la camisa abierta y un tiro de bala en un hombro y más tarde uno ve pasar al mismo joven con el rostro desfigurado”. Su “Cuento de los Infantes” muestra a Pura Domínguez, “hembra como no hemos visto otra”; aparece en esta pieza con sus tiernos olores, “el cuerpo enfebrecido”, de “caderas arrebatadoras, sus pezones en punta, que tornaríanse flácidos, prietos, acabados por las pariciones de las trillizas”. A Pura Domínguez le gustaba mirar el “miembro descomunal” de Hilario Pubillones. Después, las trillizas serían “polluelonas de comer”; en la violación abrían las bocas de lenguas bien rojas”, mientras “les dardeaban al viento los pechos jugosos”. Al morir mostraban “el rostro carcomido por las auras tiñosas”. En Cómo hacemos para comer cuenta sobre el pisado, los friteros, Venado, unos hombres “que estaban ahí por marihuana”, Mercedes, con espejuelos y bastón, y la voz de nosotros, personaje-narrador. La intensidad narrativa de El pozo la sostienen “la vieja [que] ha salido con el cartucho de maíz, titiando en el patio”, “un hombre con un tiro en el hombro” y “los de la Rural”; sin un solo apunte sobre detalles físicos logra una tensión impresionante. En Los queridos sobrinos, a Roberto, mientras juega bingo “le sudan las manos con el grano entre los dedos”. “Aún no está gordo”, mujeriego (con Amparo tuvo a Denia, con Ramona a Tere, Bety, Anissa); cuando se fue “vimos su nuca de hombre infeliz”. De Luz Divina refiere “los cachetes colorados, ardientes” y sus “perras teticas, dice Pito acordándose”. También sabemos de “la mula mala”, “tan satona con sus teticas”, “le veíamos las nalgonas que se le movían cuando decía un dos tres y se daba vuelta”. Ofrece el dato de sus 13 años. De una treintena de nombres solo estos tres recibieron las referencias transcritas. Otra galería de nombres es El velorio de Luis Morgado ¹, no de personajes construidos en los planos de la caracterización física, síquica y lingüística (Benedito “siempre está sentado en la puerta de su casa, quiay quiay"); solo algunos están tocados con leves rasgos de esa naturaleza. La pastora “deja la bata de casa en un clavo afuera, se ve su brazo blanco y el muslo casi y un pezón rosado”, “no puede casarse, pero nosotros vimos cuando se besaba en el patio aquella vez con un hombre y vimos cuando cerraban la puerta y entonces”, el Gasolina expresa de ella: “qué muslones, qué negrura húmeda con el agua que le cae entre las piernas.” Sobre los muchachos solamente sabemos que tienen bozo, “qué grandes”, “qué largos”. Arcelito “habló ronco”. Richín se queda más pálido que un muerto cuando la pelota roza a Margarita la jicotea. De Luis Morgado Torres señala las nalgas, “el pico flojo, mantecoso”. Era flaco, con temblores en las manos (“qué pellejos donde hubo músculos de tanta fragua”), tenía “la mirada de perro viejo”, canceroso. Es memorable la leve sensualidad de Luz Divina, “tremenda mulatica que nos enseña las tetas como puntas de cuchillos que quieren irse a los costados [...] y dicen que exhala un perfume de colonias que atrapa los sentidos y enferma de comezones [...]” Por una asociación semántica logra la imagen del carnicero: “[...] oigo a los mayores que dicen Mingo quebró y pienso que se le han puesto los huevos grandones como al carnicero que tiene una bolona ahí que da miedo [...]” Margarita la jicotea sobresale por “sus nalgas”, que “son dos flanes inmensos, piel negra como betún, usa collares en colores y cada color es un santo y es la reina de los bichos que salen a buscar el olor de las noches”. Vestida de blanco; usa alpargatas, es la “reina del monte y de los muñecos que caminan y silban”, “capaz de curar el mal de ojo, la gonorrea con agua de coco”². La Historia verdadera del adivino Hilario Pubillones —“el más cohabitador de los cohabitadores”— se recordará también por Pura Domínguez, “hembra como no hemos visto otra”. El narrador, cuando la veía, “se acordaba no de esa de senos flácidos, sino de aquella de bata abierta sobre la cama cuando él apartó las tejas.” “[...] treintona de amplias caderas, blanca de finos bellos sobre las corvas”. Además menciona a “la mujer del fritero”, a Ernestino Arrieta, al hombre “recluido en su prisión voluntaria; lo veían asomarse a la ventana, su rostro sin afeitar, sin sonreír”, a “una vieja que estuvo riéndose salvajemente, temblándole el cuerpo sucio, el pelo amarillento, hasta que reventó de risa delante de los militares”, a las paridoras y los fundadores. Aquí el jetudo es “el viejo renqueante que se ríe y nunca se ha casado, pero que le hace los mandados a Pura Domínguez […] la dueña de la casa adonde lo han de llevar sus pasos de hombre cansado […]” Con una sombra de furia exhibe a Mary Juana: “[...] ella me espera siempre sonriente y saludo a los viejos y yo aprovecho para violentarle las tetas que se rajan de su vestido y ofenden mis ojos. Tetas que se abren a los costados. Pezones rosados. Arsenio López dice que las mujeres tienen el mismo color en los pezones y en los labios. Tal vez por eso ellas tengan tanto interés por ocultarlos con una leve capa de pintura.” Hasta aquí hemos visto la economía con que se presentan los personajes. Guillermo Vidal le ha dado más atención a otros recursos narrativos. Por ejemplo: Cuento de los Infantes. Emplea el relato coral, el narrador suprasciente, en un grupo de voces los tres pares de ojos conocedor de toda la historia. Los queridos sobrinos. El narrador estimula la historia desde el presente; solo al llegar a cierta latitud es cuando el lector conoce que los hechos iniciales pertenecen al pasado; el narrador dominante se encarga de recordar. Se mantiene la relación de transcurso hasta cerrar el cuento en el punto inicial. La estructura es circular, no la historia, en tanto el punto de vista múltiple facilita el entrecruzamiento de los narradores y la alternativa temporal. El monólogo interior transita senderos apartados de los tradicionales. El velorio de Luis Morgado. Las cajas chinas, polirreproducción de los reflejos, permiten al narrador aquiesciente contar una historia pasada en relación con la que se está viviendo. Los mecanismos intertextuales son bien conocidos por Guillermo Vidal. Este escritor no se conforma con lo que consigue tras años de laboreo. Acerca de la aparición de este libro declaró: “No puedo decir que me siento feliz, y sí que empiezo a sentir cierto distanciamiento de él, porque deja de ser mío cuando ya lo tienen los lectores, y surge entonces la necesidad de hacer algo superior...” Y: “No podemos escribir ni leer como hace veinte, cincuenta o cien años. Hemos evolucionado como individuos, mas el lenguaje se había ido quedando atrás”. Guillermo puede sentirse feliz de haber logrado un libro como Se permuta esta casa, sobre el cual destacó el jurado: “el acertado manejo de las técnicas narrativas contemporáneas en notable adecuación con los contenidos narrados. Imaginación, lenguaje eficaz y estructura narrativa que violentan los moldes tradicionales del género se combinan en este libro que se inserta dentro de lo mejor de la más joven cuentística cubana y latinoamericana”.
*Texto inédito, leído en 1987 en la librería Fulgencio Oroz de la ciudad de Las Tunas, con motivo de la presentación de Se permuta esta casa, obra de Guillermo Vidal Ortiz (1952-2004), premio David de cuento 1986. Jurado: Imeldo Álvarez, Eduardo Heras León y Abel E. Prieto. Ediciones Unión, La Habana, 1987, 105 páginas. La segunda edición es de la Editorial Sanlope, Las Tunas, 2000, 90 páginas. Con el cuento homónimo su autor había ganado el primer premio de la primera bienal del cuento Marcos Antilla en 1984, que le otorgó el jurado compuesto por Onelio Jorge Cardoso, Manuel Cofiño López y Ricardo Repilado Parreño. Fue publicado en un cuaderno por la casa de cultura Tomasa Varona de Las Tunas, en septiembre de ese año.
¹Nelsa Candelaria, “como siempre, quejosa de sus achaques”. Ramiro Duarte, Arcelio, Mandy, el Gasolina, Arcelito, Richín, Nelson, Manito, Edelmira, Mingo, Bilín, Guillo, Villito, Pito, Manolón, Beby, Feliciano, Pollito, Turi, Sixta, Ponciano, Betuno Lucilo, William, Chino, Eddy, Pelayo, Rayda, Mariano (“qué viejo está”); Benito, el herrero que con su fuerza “de un golpe dobla la planchuela”; Villanueva, Paquito Mesa, América Julia, Roli, Calerio, el Calilla, Beby, Rosa, el albañil, Miguel, el limpiabotas, Marta, Lerma, Martín, Papito el novio de Doris, Víctor Cortina, el Americano, Chicoy, los tipos mariquitas, Marcelo, que está casi veinte minutos con el balón sobre la nariz, William Zeik, Jorge, las “blancazas” de noveno...
²Guillermo Vidal escribió en febrero de 1980 el cuento “Yumba” (dar sangre, en abakuá) y lo publicó en la revista Caisimú (Las Tunas, año 1, No. 1, enero-abril, 1981, pp. 11-13). Aquí apareció por primera vez Margarita la jicotea: “Sus nalgas son dos flanes inmensos. Piel negra como betún. Ahora le están brillando los ojos [...] Usa collares en colores y cada color es un santo y es la reina de los bichos que salen de noche a recibir el perfume de la tierra. [...] Margarita la jicotea, la que no ríe [...] Trae en su mano derecha el bastón de madera rara que le sirve de arma. [...] Ahora todos le abren paso temerosos de rozar su impecable traje blanco ni de mirar sus ojos como brazas que se pasean interrogantes hasta que se detienen. [...]”
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