
Alicia Yabor en plena faena con sus jóvenes trabajadoras.Esther De la Cruz Castillejo
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Las Tunas.- El día de la ronda territorial de negocios la propia Alicita no lo podía creer, a pesar de que a esas alturas, cuando llevaba ya varios meses como trabajadora por cuenta propia en esta ciudad, había recibido más de una muestra fehaciente de que los mitos son solo eso y de que nada como el buen trabajo constante para avanzar y ganar el respeto de la gente que te ama.
Solo que saber algo no siempre se compara con el placer de sentir de cerca que te acompañan, creen en ti, saben que le aportas y hasta te tienen como ejemplo; saber se queda en lo que te dicen, a secas, y sentir hace que los ojos se nublen y la cara se levante orgullosa de ver que muchos comparten abiertamente tu alegría tan de cerca como han llorado las penas tu vida.
Quizás por eso ese día no lo podía creer, no había pensado que harían tanto por favorecer sus ventas en la esquinita de la Iglesia católica de esta ciudad a la que llegó temprano, con sus jóvenes trabajadores y su carga enorme de alimentos ligeros, para participar de una actividad que la haría competir con ofertas de empresas fuertes de la gastronomía en Las Tunas.
No lo podía creer, o tal vez sí podía, pero nunca había dedicado tiempo a pensar en el orgullo de sus amigos ante la fuerza infinita que ha mostrado (gracias además a la mirada buena de su siempre pequeña Bertha María) sin perder su condición de mujer dulce, sensible y enternecida en la que tantos la encasillaron por años; allí estaban y mientras ella armaba el kiosco para comenzar las ventas del día, otros fueron llegando.
Los feligreses católicos sacaron neveras y hasta el audio de la iglesia para ayudarla a preservar los alimentos en medio del calor del mediodía y favorecer la promoción de la piña colada, su producto más demandado; los vecinos se fueron hasta allá por si hacía falta “una manito” en el fregado de los vasos o en la limpieza general del lugar; y no pocos decidieron ir pasadas las diez de la noche hasta su casa “porque esa era más o menos la hora de llegar y había que celebrar juntos lo bueno de las ventas y ayudarla a acomodar las cosas”.
Alicia Yabor se alzó ese día con el premio de la popularidad de la ronda de negocios de la provincia de Las Tunas y para recibirlo hizo subir a todo el equipo que la acompañó desde la mañana, sin descanso; no era su premio, era el de sus padres ausentes, el de su vida de sueños, el de su convicción de que “en un negocio que arranca no puede haber jefes, tiene que estar un equipo y toda idea cuenta” y era, sobre todo, la victoria personal de una mujer cubana que no se sienta a esperar a que la vida le cambie la suerte al porque sí.
Es cierto que ha pasado un tiempo ya desde aquel día pero ayer la volví a ver, sonriente y laboriosa, escuchando a sus muchachos mientras venden y le cuentan de sus nostalgias y sus amores como a un madre buena; confieso que no pude resistirme a que usted la conociera a través de estas líneas, no solo porque su historia desmiente el mito de la “competencia implacable y el cubano egoísta” que algunos ya pintan por ahí, sino porque Alicia Yabor tropieza pero no se cansa jamás y solo con eso crece, y mucho, al que, como yo, la descubre de paso en el camino de la vida.


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