Juan Emilio Batista Cruz
En la parte occidental del actual municipio de Las Tunas los aborígenes cubanos constituyeron hace casi cuatro siglos el cacicazgo de Cueibá. En el año 1603 ya existía en la zona del antiguo cacicazgo el Hato de Las Tunas, llamado así por las posibilidades que ofrecía el lugar para la cría y desarrollo de ganado vacuno, zona fértil y rica en abundantes pastos, donde crecía la especie de plantas xerófitas conocidas popularmente por tunas.
Dadas las posibilidades que ofrecía la comarca, en la segunda mitad del siglo XVII se estableció en ella un hombre llamado don Diego Clemente de Rivera, quien construyó corrales para la cría de reses. Además, creó las condiciones para que otros criadores la utilizaran en su paso hacia la zona más oriental, fundamentalmente a Bayamo. Por entonces la región comenzó a conocerse por San Gregorio de Las Tunas.
Con el paso de los años, y a manera de facilitar el nombre del sitio, se conoció por Corrales de Las Tunas, hasta que a finales del XVIII, y dada la división política existente, se llamó Las Tunas de Bayamo.
Con ese nombre transcurrió la primera mitad del XIX, y ya en plena campaña emancipadora, el 16 de agosto de 1869, las fuerzas del general Manuel de Quesada atacaron la ciudad, y, cuando estaba prácticamente en su poder, este decidió retirarse ante el asombro de sus seguidores.
Este hecho dio pie a que los españoles consideraran la batalla como un triunfo de sus armas y le dieron el nombre de Victoria de Las Tunas. En esta intentona de tomar la ciudad participó con las fuerzas rebeldes Vicente García, el patriota insignia de la comarca. Y no es hasta 1975 en que la Revolución le da el nombre actual de Las Tunas, a partir de una nueva división político – administrativa efectuada por entonces.
La ciudad de Las Tunas, situada a unos 650 kilómetros al este de La Habana y actual capital de la provincia que toma su nombre, fue reconocida durante la república mediatizada por una famosa leyenda basada en la supuesta aparición nocturna de un indio sin cabeza montado en un brioso caballo blanco.
Desde muy pequeño conozco la historia y también la afirmación de que la salida de aquel fantasma anunciaba alguna desgracia para la comunidad. El galopar de una cabalgadura en las noches y madrugadas era suficiente para que se esperara el amanecer en tensión, con la seguridad de que un hecho luctuoso vendría a ensombrecer la vida de los tuneros.
El accidente de mayor envergadura que se atribuyó al paso del indio sin cabeza ocurrió el 12 de julio de 1945, cuando el tren central procedente de La Habana y con destino a Santiago de Cuba, tuvo un problema mecánico en su sistema de frenos y se descarriló a la altura del actual aserrío Libertad, en aquel entonces propiedad de los Lima, una de las más acaudaladas familias de la localidad.
Aquel suceso, que conmovió a la sociedad tunera y que trascendió a todo el país, provocó más de 30 muertos y un número similar de heridos, rescatados de un amasijo de hierro, madera y cuerpos humanos en que se convirtieron los vagones al abalanzarse contra la locomotora de vapor que los arrastraba.
Las causas estaban claras, mas los cientos de pobladores que se reunieron en los alrededores del lugar del siniestro escucharon un comentario que, de inmediato, recorrió toda la comarca: "Por aquí pasó el caballo blanco algo grave tenía que suceder".
La leyenda devino patrimonio de la ciudad y pasó de generación en generación hasta nuestros días, aunque en la actualidad muy pocos recuerdan al indio decapitado en su caballo blanco; en realidad era un elemento folklórico y, en mi opinión, una muestra de la incultura que caracterizaba, no solo a esta región, sino a todo el país.
La elevación del nivel cultural del pueblo tras el triunfo revolucionario de 1959 permitió un razonamiento acerca de las verdaderas causas de los acontecimientos y hoy las nuevas generaciones prácticamente no conocen esa historia.
Desde siempre la leyenda se negó a sí misma, pues se aseguraba que quien viera la aparición perecía inmediatamente. Entonces, si quien la observó murió al instante, ¿cómo pudo contarlo?
Considero que en la época de mi niñez y adolescencia, allá por los años 50, la creencia se sustentaba porque la madrugada de la entonces pequeña ciudad, decenas de jinetes transitaban por las calles: vendedores de leche, de viandas, de frutas y de otros productos, además de trasnochadores o enamorados dispuestos a despertar a su amada con una dulce serenata.
De tal suerte, cualquier jinete madrugador pudo ser considerado el famoso indio sin cabeza. Todos temían morir y no eran capaces de asomarse a una ventana, pero si ocurría un hecho trascendente, siempre había alguien que confirmara el paso funesto de la aparición.
No creo que con el tiempo el fantasma "haya pasado a retiro" y estoy seguro de que jamás cabalgó por las calles de mi ciudad. El indio sin cabeza montado sobre un corcel blanco solo existió en la imaginación de los pobladores de Las Tunas desde el siglo XIX. Fue solo un mito y nada más.

Breve reseña sobre Las Tunas
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