En la
parte occidental del actual municipio de Las Tunas los aborígenes cubanos constituyeron
hace casi cuatro siglos el cacicazgo de Cueibá. En el año 1603 ya existía en la zona
del antiguo cacicazgo el Hato de Las Tunas, llamado así por las posibilidades que
ofrecía el lugar para la cría y desarrollo de ganado vacuno, zona fértil y rica en
abundantes pastos, donde crecía la especie de plantas xerófitas conocidas popularmente
por tunas.
Dadas
las posibilidades que ofrecía la comarca, en la segunda mitad del siglo XVII se
estableció en ella un hombre llamado don Diego Clemente de Rivera, quien construyó
corrales para la cría de reses. Además, creó las condiciones para que otros criadores
la utilizaran en su paso hacia la zona más oriental, fundamentalmente a Bayamo. Por
entonces la región comenzó a conocerse por San Gregorio de Las Tunas.
Con el
paso de los años, y a manera de facilitar el nombre del sitio, se conoció por Corrales
de Las Tunas, hasta que a finales del XVIII, y dada la división política existente, se
llamó Las Tunas de Bayamo.
La
ciudad de Las Tunas, situada a unos 650 kilómetros al este de La Habana y actual capital
de la provincia que toma su nombre, fue reconocida durante la república mediatizada por
una famosa leyenda basada en la supuesta aparición nocturna de un indio sin cabeza
montado en un brioso caballo blanco.
Desde
muy pequeño conozco la historia y también la afirmación de que la salida de aquel
fantasma anunciaba alguna desgracia para la comunidad. El galopar de una cabalgadura en
las noches y madrugadas era suficiente para que se esperara el amanecer en tensión, con
la seguridad de que un hecho luctuoso vendría a ensombrecer la vida de los tuneros.
El
accidente de mayor envergadura que se atribuyó al paso del indio sin cabeza ocurrió el
12 de julio de 1945, cuando el tren central procedente de La Habana y con destino a
Santiago de Cuba, tuvo un problema mecánico en su sistema de frenos y se descarriló a la
altura del actual aserrío Libertad, en aquel entonces propiedad de los Lima, una de las
más acaudaladas familias de la localidad.
Aquel
suceso, que conmovió a la sociedad tunera y que trascendió a todo el país, provocó
más de 30 muertos y un número similar de heridos, rescatados de un amasijo de hierro,
madera y cuerpos humanos en que se convirtieron los vagones al abalanzarse contra la
locomotora de vapor que los arrastraba.
Las
causas estaban claras, mas los cientos de pobladores que se reunieron en los alrededores
del lugar del siniestro escucharon un comentario que, de inmediato, recorrió toda la
comarca: "Por aquí pasó el caballo blanco algo grave tenía que suceder".
La
leyenda devino patrimonio de la ciudad y pasó de generación en generación hasta
nuestros días, aunque en la actualidad muy pocos recuerdan al indio decapitado en su
caballo blanco; en realidad era un elemento folklórico y, en mi opinión, una muestra de
la incultura que caracterizaba, no solo a esta región, sino a todo el país.
La
elevación del nivel cultural del pueblo tras el triunfo revolucionario de 1959 permitió
un razonamiento acerca de las verdaderas causas de los acontecimientos y hoy las nuevas
generaciones prácticamente no conocen esa historia.
Desde
siempre la leyenda se negó a sí misma, pues se aseguraba que quien viera la aparición
perecía inmediatamente. Entonces, si quien la observó murió al instante, ¿cómo pudo
contarlo?
Considero
que en la época de mi niñez y adolescencia, allá por los años 50, la creencia se
sustentaba porque la madrugada de la entonces pequeña ciudad, decenas de jinetes
transitaban por las calles: vendedores de leche, de viandas, de frutas y de otros
productos, además de trasnochadores o enamorados dispuestos a despertar a su amada con
una dulce serenata.
De tal
suerte, cualquier jinete madrugador pudo ser considerado el famoso indio sin cabeza. Todos
temían morir y no eran capaces de asomarse a una ventana, pero si ocurría un hecho
trascendente, siempre había alguien que confirmara el paso funesto de la aparición.
No creo que con el tiempo el fantasma "haya pasado a retiro" y
estoy seguro de que jamás cabalgó por las calles de mi ciudad. El indio sin cabeza
montado sobre un corcel blanco solo existió en la imaginación de los pobladores de Las
Tunas desde el siglo XIX. Fue solo un mito y nada más.